Opinión | el artículo del día

El retorno de los nacionalismos

Expondré algunas ideas de Eva Illouz sobre el nacionalismo, extraídas del libro 'La vida emocional del populismo'

En su libro Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX, Jonathan Glover evoca las atrocidades sufridas por los soldados en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Algunos retornaron a casa, heridos o de permiso, e intentaron contar los horrores. Mas, sus revelaciones solo recibieron hostilidad.

En Sin novedad en el frente, Erich María Remarque describió el desgaste de regresar a Alemania de permiso. Sus intentos de contar simplemente cómo era estar en el frente no incidían en la confianza de los patrióticos civiles, para los que las cosas eran muy distintas, al creer solo lo que leían en los periódicos. Lo mismo en el bando aliado.

Recordar la disparidad observada entra la experiencia directa en el frente y el nacionalismo ciego de quienes están lejos plantea la posibilidad de que el nacionalismo se alimente especialmente bien de la imaginación, de la negación de lo que significa realmente defender tu país con tu propio cuerpo. Por ello, podemos preguntarnos: ¿si el nacionalismo, como el amor romántico, no es tanto más potente cuanto más ajeno a la realidad?

Para Max Weber, una nación es «una comunidad de sentimiento». Algunos especialistas en nacionalismo ven esos sentimientos como una patología de la historia moderna, una expresión de miedo y odio, en cambio otros, como Benedict Anderson, los ven como una especie del amor. En la mayoría de los casos tienen razón estos especialistas, en el sentido de que el nacionalismo es una expresión de un profundo apego que algunos grupos sienten hacia los símbolos, valores e historia que les ha llevado a considerar que definen su comunidad nacional y su propio sentido de sí mismos, como miembros de esa comunidad. Esta es también la razón por la que el nacionalismo se ha consolidado como una emoción colectiva duradera. Tendría que haber desaparecido tras la forma brutal que adoptó a mitad del siglo XX. Entre los factores que desataron el imperialismo y las dos guerras mundiales del siglo XX estuvo el fuerte nacionalismo y la competencia entre las naciones. Debería haber desaparecido luego con la globalización, pero tampoco fue así. Muy al contrario, se convirtió en una dimensión básica del populismo, que lo usó sobre el telón de fondo de la política de clases, separando a los grupos preocupados por la nación de los preocupados tanto o más por los inmigrantes y los refugiados. El populismo, en mayor medida que el resto de las ideologías políticas, ha aprovechado la nueva división creada por el nacionalismo, convirtiéndose en un campo en el que se dirimen conflictos de clase.

El nacionalismo fue, junto al capitalismo, la fuerza más importante en los siglos XIX y XX, ya que tenía dos impulsos morales potentes: un movimiento emancipador y liberador de los pueblos frente al colonialismo o a gobernantes despóticos; y mostraba una visión igualitaria de la sociedad, ya que las naciones modernas afirmaban la igualdad entre sus ciudadanos. En la mayor parte del mundo el nacionalismo enardeció a las masas por sus principios de emancipación y hermandad. Tras la Segunda Guerra Mundial y la guerra de Vietnam, y la globalización económica que arrasará con las fronteras, el nacionalismo entró en descrédito. Durante varias décadas, la globalización, la Nueva Izquierda y la asociación de racismo y nacionalismo ejercida en la Segunda Guerra Mundial propiciaron su deshonra. Mas, hoy observamos su retorno tras la irrupción del populismo en la última década. El voto del Brexit fue una reacción nacionalista frente a los burócratas de Bruselas y para recuperar el control sobre la inmigración y el paro. En los países europeos el retorno pujante del nacionalismo está vinculado con la inmigración, así como con la sensación de que la Unión Europea les ha arrebatado su soberanía. España participa de estas preocupaciones europeas, pero tiene además una peculiaridad: la existencia de los nacionalismos enfrentados, el estatal y los subestatales, que se necesitan y se retroalimentan. Tal excepcionalidad, no surge hoy, se explica por nuestra historia. Philip Bobbitt ha analizado el papel de la guerra contra otros pueblos o naciones en la formación de los Estados-nación modernos. Francia se hizo francesa matando alemanes. Alemania alemana matando franceses. España ha sido diferente. Nuestras guerras en los siglos XIX y XX han sido guerras civiles, divisivas en vez de cohesivas. Una determinada España ha pretendido hacerse «española» matando españoles. El resultado: un Estado-nación a medio cocer, mucho menos cohesionado que el francés o el alemán. Y con esta situación tenemos que apechugar.