Opinión | TERCERA PÁGINA

La Unión Europea en la encrucijada

Afrontamos estas elecciones como si fuesen de segundo nivel, intrascendentes; todo lo contrario

Conocer lo que piensan los diferentes partidos sobre los problemas de la Unión Europea en esta campaña electoral es más difícil que sacarle pelos a una calavera. La política española no puede obviar los problemas que tiene nuestra Europa, y por eso es imprescindible dejar a un lado las querellas internas y centrarnos en los temas que le afectan.

La seguridad europea, el crecimiento económico, la competitividad, el pacto verde, la inmigración, la ampliación a otros países, el fortalecimiento de la democracia, la armonización fiscal, nuestro papel geopolítico en el mundo..., todo ello merece respuestas por las diferentes opciones que se presentan a liderarla los próximos cinco años.

Afrontamos estas elecciones como si fuesen de segundo nivel, intrascendentes; todo lo contrario. Hoy, de cada diez actividades que hacemos, ocho responden a directivas, acuerdos, orientaciones que vienen del conjunto normativo de la UE. Es más, la actividad legislativa en nuestro país está tan marcada por ella que más del 60% de las leyes son fruto de la adaptación de sus directivas o recomendaciones. Uno de los grandes problemas que tenemos respecto de ella es el desconocimiento, desde su historia hasta el efecto en nuestras vidas. Me atrevería a decir que en los libros de texto Viriato o Don Pelayo están mucho más presentes que Schuman, Adenauer, Monet o De Gaspieri, los padres del Tratado de Roma.

Llama la atención que la encuesta de BBVA x Sight, hecha en el primer trimestre de este año, señale que solo un tercio de los europeos encuestados considera que las decisiones de la UE tienen un impacto positivo en sus vidas. Y solo un país, Portugal, considera muy positiva su influencia (51%) ; en España esa percepción se queda en el 43%.

¿Qué ha pasado para que más del 50% de los españoles sea como mínimo reticente hacia la UE? ¿Qué queda de la euforia del 1986 cuando pasamos a ser socios de la entonces Comunidad Económica Europea? Seguramente hemos olvidado los tremendos sacrificios que todos hicimos durante los diez años de examen. El desmantelamiento de sectores industriales como la siderurgia, la naval, la línea blanca, la industria de los bienes de equipo, la desaparición del Instituto Nacional de Industria (INI) buque insignia del franquismo... Hasta tuvimos que renunciar a la marca Champagne por el cava actual, para honor y gloria de Francia. Aunque todo ello conllevó la eliminación de cientos de miles de puestos de trabajo, valía la pena, nos trasladaba al mundo desarrollado, a la Europa de los derechos y la libertad, de la democracia y el estado del bienestar, de los mercados amplios y la competitividad. Una Europa que nos hacía inmunes al golpismo y autoritarismo histórico.

En estos cuarenta años hemos crecido económicamente, en derechos, en reconocimiento internacional , en nuestra posición en el mundo. Tenemos una democracia consolidada entre las 10 mejores del mundo. Somos un país nuevo, y en ello no solo han contribuido los más de 900.000 millones de euros que han venido de los diferentes programas europeos y políticas comunitarias, también lo ha hecho el esfuerzo y la tremenda vocación europeísta que ha tenido el pueblo español.

Pero aquellos esfuerzos y euforia nunca previeron el incremento del populismo nacionalista que desde hace tiempo viene trabajando en dirección contraria a lo que ya dábamos por consolidado.

De los resultados del 9 de junio depende la continuidad del proyecto europeo que comenzó en 1957, se fue adaptando y desarrollando en seis tratados posteriores y que actualmente es un magnífico portaviones de contenido económico y derechos sociales como no lo hay en el mundo.

Los problemas de estos cinco últimos años, el Brexit, la lucha contra la pandemia, la crisis económica que esta arrastró y la invasión rusa de Ucrania con la crisis energética subsiguiente y el disparo de los precios, difícilmente se hubiesen podido afrontar sin la colaboración de las tres fuerzas políticas que vienen gestionando este proyecto desde su nacimiento, demócrata cristianos (PPE), socialdemócratas y liberales.

Frente a este modelo, indudablemente mejorable, ha surgido otro que bajo el eufemismo de refundar Europa agrupa las diferentes derechas extremas del continente, para ellos es imprescindible recuperar parte de la soberanía nacional perdida, volver a la llamada Europa de los mercaderes, reducir la movilidad de las personas recuperando las fronteras, convertir la UE en una fortaleza, acotar derechos, limitar la actividad parlamentaria, perseguir a los inmigrantes, mantener los sistemas de unanimidad en la toma de decisiones , cuestionar la ampliación a nuevos países, sobre todo a Ucrania, frenar cualquier avance que nos haga cada día más europeos.

Esta confrontación entre autoritarismo y democracia que representaban los dos grandes bloques y modelos para la UE, se está agrietando. Los guiños del PPE hacia la extrema derecha pueden romper 75 años de consenso y por eso son tan importantes estas elecciones. Apostar por nuevos derechos y nuevas expectativas en la UE es hacerlo por el futuro, y de eso sabemos bastante en nuestro país.

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