Opinión | LA COMEDIA HUMANA

Alvises y seguimos para bingo

Nunca había quedado tan claro que podríamos ser a la vez tan (pocos) inteligentes y tan (abundantes) gilipollas

Había cuando entonces un Circo Mundial, era una denominación exagerada, basada en fieras amodorradas entre payasos, contorsionistas, trapecistas y demás números asombrosos. Una exageración tierna y amable comparada con este circo mundial de ahora, con fieras malolientes y cochambrosas, llenas de mugre y de mierda adherida a los cerebros menguados, bien atesorada porque esa mierda monetiza a tanto el follower, y hasta te puede hacer diputado europeo. Y no te hace falta ni programa ni conocimiento, tus followers te proporcionan la bicoca alborozados, con tal de que sigas demostrando que no tienes ni la menor idea de lo que hablas, que eso les hace mucho de reír, que dirían.

Este circo mundial que nombramos nos ha salido de repente entre los adelantos de la ciencia, que como decía el cuplé, son una barbaridad. No sé si quedará un terrícola sin su smartphone en todo el orbe: cristiano, judío, musulmán o de cualquier otra de las cientos o miles de sectas que habrá en el mundo, cada una con su único dios verdadero. Tu risa me hace libre, me pone alas. Escribió el vate. Pues este aparato pretende casi lo mismo (sí, por los co... salta el de siempre). Vale, una libertad quimérica –como todas, por otra parte– y las alas son sólo para verlas en la pantallita, porque visten y aprovechan siempre a otro, pero su vuelo alimenta tus sueños, y te haces fan del que sea que las lleve y es como si volaras tú. Puedes ver a Taylor Swift, y no cabes ya en ti mismo, porque todo lo ocupa la estrella. O puedes casi sentir lo mismo que Carlitos Alcaraz cuando se reboza alborozado con la arcilla sagrada de su magnífico triunfo en París. O puedes acompañar a la procesión de multimillonarios del Real Madrid paseando la enésima copa de Europa, para que te creas un poco que la has ganado tú, y así te sientes uno y trino con Florentino, el padrino del poder denso –que eso sí que es materia oscura, y no el misterio del cosmos.

Todas estas estampas están en tu bolsillo y las puedes contemplar en movimiento cuando quieras, y cada vez que las ves te da un subidón que es como si salieras de ti mismo, de tu vida de ocho a tres lunes a viernes y la rutina libre del finde, como si el aparato te sacara unas alas de los omóplatos y fueras un rato Superman, Spiderman, Superwoman, el Capitán América, o el mismísimo Guerrero del Antifaz. En fin, que tu vida más o menos común y corriente, con sus afanes y devaneos, tiene ahora un interruptor en el bolsillo que lo sacas, le das y despegas de tu propio ser y tus circunstancias y vives las emociones de tu héroe preferido, compartiendo su suerte y disfrutando de sus bienes casi como si fueras un cuñado invitado a cenar. El aparatito, naturalmente, no lo hace todo.

Es la naturaleza humana, esa cosa que nos conforma y constituye, que nos da eso, una envidia verdosa de bilis cuando el afortunado es alguien próximo, y a la vez, y misteriosamente, una ventana por la que nos sentimos familia cercana de cualquier famoso dorado y glorioso, por el que estamos dispuestos a dejarnos el alma si alguien ofende su fama o pone en duda sus hazañas. Algunos llaman idiotez supina a esta cosa que tenemos, pero qué sabrán ellos lo que se disfruta pasando dos noches para pillar sitio para ver por fin a Taylor, o acompañando sudorientos y torciendo el cuello mirando arriba a los gladiadores de la copa de Europa.

En fin, que en este infinito pasacalles cibernético, como en el poema de González Tuñón: «A pesar de la sala sucia y oscura/ de gentes y de lámparas luminosas/ si quiere ver la vida color de rosa / eche veinte centavos en la ranura». Este circo es algo más caro, que las fantasías animadas de paraísos a tanto el giga no te las venden baratas, pero pone a tu alcance todo lo que jamás habrías podido ni siquiera imaginar. Porque lo que sale por esa pantalla va más allá de lo imaginable. Nunca había quedado tan claro que podríamos ser a la vez tan (pocos) inteligentes y tan (abundantes) gilipollas –porque, ay, no estamos repartidos al cincuenta por ciento, qué se va a hacer.

Entre tanto, cómprense un móvil y háganse con unos gigas para el Tiktok, que este nuevo circo trae incluso Alvises y demás aberraciones de temporada. Ocho mil millones de cerebros en pista y actuando a la vez, algunos funcionando aún medio bien. Pero dense prisa que no sabemos cuánto durará la función. Y si les viene la bajona, recuerden al poeta mencionado: «El dolor mata, amigo, la vida es dura/ y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa / si quiere ver la vida color de rosa / eche veinte centavos en la ranura».

Pues eso, eche unos euros a Apple y tendrá las innumerables pistas simultáneas del circo mundial, con monstruos de diseño reciente según el gusto de antaño, inspirados en las dos guerras mundiales del pasado siglo. Lo clásico, en realidad, nunca pasa de moda; ahí tienen a Israel matando como si estuvieran en el Antiguo Testamento.

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