Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Gay Talese

Si de periodismo hablamos, uno de los mejores libros de este año me parece Bartleby y yo (Alfaguara), de Gay Talese.

El veterano periodista norteamericano vuelve a jugar en sus páginas con esa maravillosa mezcla entre periodismo real y literario que vino a definir, entre otras características, el llamado «nuevo periodismo». Tendencia revolucionaria que él mismo, junto con Tom Wolfe, abanderaría allá por los sixties.

El material de Bartleby y yo está compuesto a medias partes por esa clase de realidades sociales, deportivas y políticas que podría interesar a un reportero del New York Times; más una capacidad de observación y registro de memoria propia de una máquina fotográfica; más una inteligencia y una sensibilidad tan especiales como para diluir todo eso en un manantial de lenguaje capaz de llegar y seducir a todo el mundo.

Galese comenzó su carrera llevando el café al director y escribiendo notas de prensa, pequeñas entrevistas aquí y allá, husmeando en salones y callejones en busca de algo sensacional que lo propulsase a la fama. Pero pronto fue comprendiendo que el oficio, dentro de sus miserias, reunía suficientes atractivos, incluso grandezas, como para progresar en él y se dedicó a mejorarlo y a engrandecerlo para intentar ampliar sus fronteras y, sobre todo, difuminar las que le separaban de las piezas entendidas como «arte» o calificadas como «literatura» de sus propias secciones, que no pasaban de ser pasto o flor de un día.

En esa lucha por elevar la calidad de sus reportajes, Talese combinó protagonistas extraídos de las calles, humildes vendedores callejeros, pastores evangelistas, bailarines, boxeadores, toda esa fauna, ya de por sí excéntrica, de Nueva York, con personalidades famosas como Joe Louis, Frank Sinatra o Natalie Wood, redondeando sus entrevistas con un bagaje literario extraído de sus lecturas. Entre ellas, la que da inspiración al título, aquel paradójico relato Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Apenas, en el caso de este autor, reconocidos en vida. Porque, según nos recordará Talese, el autor de Moby Dick murió prácticamente en el anonimato. Tanto así que su viuda tuvo que pagar un «obituario». Sección de «obituarios» del New York Times en la que más adelante participaría el propio Talese... Y es que en Bartleby y yo una historia conduce a otra...

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