Opinión | SEDIMENTOS

Humanizar la hospitalización

Disfrutar de una buena compañía es siempre muy importante en la vida, pero es durante los trances espinosos, con los que tarde o temprano hemos de lidiar, cuando de verdad se aprecia el valor del apoyo y cariño que un familiar o un buen amigo pueden prestar. Entonces, su cálido aliento fundirá la escarcha amarga de la soledad, el insomnio y el miedo, socios inseparables de las frías y largas noches en un hospital. Sin embargo, en alguno de ellos la rigidez de las normas no permite la presencia nocturna de acompañantes, mientras que en la gran mayoría su estancia resulta particularmente incómoda y desatendida.

La gestión sanitaria, sea por falta de recursos o por otras razones, es manifiestamente mejorable, con unas carencias y demoras en la asistencia que ni siquiera la entrega y buena voluntad de los profesionales de la salud puede aliviar, por más que resulte obligado destacar el esfuerzo que todos ellos, médicos y sobre todo el personal auxiliar, desarrollan para humanizar las estancias en centros hospitalarios, algo bastante menos usual hace algunas décadas. Pero tal derroche de empatía no basta. Y aún menos es posible suplir la necesidad de afecto que requiere el paciente, algo que solo personas muy allegadas pueden proporcionar, sin dejar de lado, por otra parte, que la presencia de acompañantes tiende a interferir con los cuidados y rutinas terapéuticas, a pesar de lo cual, normalmente, su aportación sumará más que los trastornos.

Afirmar que no hay enfermedades sino enfermos implica reconocer la relevancia de los factores psicológicos y personales en todo paciente, lo cual avala el planteamiento de orientar y facilitar cuanto se pueda la colaboración de familiares, así como de proporcionar a unos y otros la mejor estancia posible en un hospital, tan breve y cómoda como su salud lo permita y aconseje.

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