Opinión | SALÓN DORADO
Rosendo Tello, poeta
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Esta semana nos ha dejado Rosendo Tello, premio de las Letras aragonesas y gran faro de la poesía en esta tierra. Nacido en Letux, sufrió muy de niño la guerra civil, como cuenta en su extraordinario libro de memorias, no se lo pierdan que me lo agradecerán. Rosendo, fundador y presidente de honor de la Asociación Aragonesa de Escritores, es (me resisto a hablar de él en pasado) un poeta total, al que se ha calificado como «poeta de la luz». Reconocido en Aragón, aunque no lo suficiente y esto debe de ser corregido cuanto antes, su grandiosa sencillez (valga el oxímoron) y monumental humanidad acompañaban a su exquisita poesía y elegante verbo, fruto de su formación como doctor en Filología Hispánica y catedrático de Literatura. Son legión los alumnos que se formaron con él en las aulas, que lo siguen recordando con un cariño que sólo concitan los docentes extraordinarios.
En 2004 la editorial Prames publicó El vigilante y su fábula, donde se reúne la obra poética de Rosendo hasta ese año; estos días de pena inconsolable y recuerdos inolvidables, este libro de 735 páginas me acompaña, porque en sus páginas llenas de luz, belleza y poesía pretendo recordar al amigo que escribió poemarios oceánicos como Fábula del tiempo, Las estancias del Sol o Consagración al alba.
Tello cantó al amor, a la soledad, al viento, a la tierra, a los «sonidos interiores», a la luz, a territorios imaginarios como Zalasorell, su particular Ítaca al estilo homérico, donde nos enseña a mirar al interior del ser humano y nos desgrana los sentimientos y las pasiones más nobles.
Rosendo era un ser humano excepcional; uno de esos pocos elegidos por las deidades y arcanos más atávicos que son capaces de escudriñar en su propia alma para después mostrarnos a los demás la luz con la exquisita excelencia de sus palabras.
Rosendo es el poeta de la libertad: «Libertad, yo te sueño como un aire clemente»; del amor, en tantos poemas dedicados a su hermosísima esposa Maribel: «Trae rosas y canciones y memorias felices para este cuerpo bello hacia la aurora»; y de la amistad: «No se nos da en la vida elegir a los amigos, pues son como esas flores silvestres que aparecen a destiempo».
Quiero suponer que Rosendo vive ahora en un mundo más dichoso y feliz, y que desde allí nos mira con su sonrisa amable y sutil, y nos sigue haciendo esos guiños de niño bueno y corazón noble, a la vez que toca una sonata al piano, otra de sus grandes pasiones, y nos invita a saborear la vida en cada uno de sus versos. Te quiero.
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