Opinión | EDITORIAL

La problemática de la generación sándwich

Nos hallamos ante una problemática social que no ocupa grandes titulares, pero que está presente en la vida de muchos ciudadanos, aunque más justo sería hablar en femenino: ciudadanas. Se trata de la compaginación, en la edad adulta, de dos obligaciones que se entrecruzan y que son insoslayables. La llamada generación sándwich se refiere a las personas que cuidan de sus hijos menores de edad y que, al mismo tiempo, tienen que hacer frente a la vejez y a la decrepitud de sus padres. Se ven envueltas, pues, en una situación que genera un estrés considerable y dificultades de todo tipo en la vida cotidiana. Esto, en el mejor de los casos. Es decir, dándose circunstancias favorables, como una buena situación económica y un trabajo estable y flexible. Aun así, hacer frente a los deberes para con padres e hijos a la vez genera no solo tensión emocional, sino también graves problemas económicos, teniendo en cuenta la escasez de plazas públicas en las residencias o los considerables retrasos en la percepción de ayudas. Cuando la perspectiva es menos halagüeña, cuando el cuidado de padres ancianos y enfermos se compagina con el sustento y la educación de los hijos en un entorno de vulnerabilidad social, entonces la situación se vuelve insostenible.

Esta problemática se da por distintas razones, pero hay dos que sobresalen del resto y que la convierten no solo en una cuestión íntima y personal, sino en un déficit en la estructura social. El retraso de la maternidad y el envejecimiento de la población son datos que se pueden contrastar y que explican, en buena parte, la generación sándwich. En España, en diez años, ha aumentado en un año el momento en que las mujeres tienen el primer hijo: la media es casi a los 33. Al mismo tiempo, también en un decenio, el porcentaje de madres primerizas mayores de 40 años se ha duplicado, hasta un 11%. En la otra variable de la ecuación, el 20% de la población tiene más de 65 años y se prevé que llegará hasta el 30% en 2047. El ascenso de la longevidad es evidente y, al mismo tiempo, la fecundidad tardía se explica no por una decisión asumida sin presiones, sino, en muy buena parte, por las dificultades en adquirir con anterioridad la estabilidad económica, laboral y en la vivienda que garanticen la viabilidad un proyecto de vida familiar.

Ante este estado de las cosas, las mujeres son quienes siguen asumiendo el rol de cuidadoras. Así lo atestiguan informes y comentarios de los expertos que, al mismo tiempo, aseguran que vivimos una crisis de los cuidados. «No hay estructura social para acompañarlos», dicen. Y ello se traduce en la precariedad o el retraso en las ayudas por dependencia, la falta de plazas en las residencias públicas, y la complejidad en la conciliación laboral, que a menudo requiere de la colaboración de cuidadoras que (este es otro punto crítico a analizar) viven situaciones labores de extrema fragilidad. El filósofo Josep M. Esquirol ha definido el ser humano como aquel que vive en la intemperie. El estado natural es el de la desprotección. Por eso, «la acción más significativa de los humanos es la de protegernos y ampararnos». La teoría se enfrenta a menudo a la cruda realidad. La atención simultánea de mayores y menores recae mayoritariamente en la mujer y este no es un asunto baladí. La Administración debe ser consciente de una mayoría silenciada que reclama una mayor inversión, más instrumentos para hacer frente a una etapa especialmente crítica.

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