Opinión | AL TRASLUZ

La sociedad del desequilibrio

El filósofo de la Administración Peter Drucker, sin ser un desconocido, nunca llegó a contar en España con el predicamento que sí obtuvo en otros lugares como en su país, Austria, y también Alemania, Reino Unido o EE.UU. Abogado de formación, se especializó en el pensamiento propio y apropiado para el liderazgo. Ni rehuyó ni buscó la polémica, sencillamente teorizaba sobre asuntos espinosos como la gestión empresarial, la de las organizaciones sin ánimo de lucro o el papel de la administración pública. Así, en su obra Las nuevas realidades muestra cómo no es viable -hoy diríamos sostenible- hacer del Estado el agente único de salvación social, pues lo que no provenga de la productividad del conjunto de la sociedad y de su cooperación con lo público difícilmente podrá tener otro origen. Eso, que hoy resulta un lugar común, no era tan evidente cuando lo escribió en 1989. Pero aún hay dos ideas suyas, una propia y otra prestada que quisiera rescatar y, aunque sea muy brevemente, desarrollar. Siendo el último alumno de dos pensadores tan grandes como Keynes y Schumpeter nos enseñó que lo más importante de ambos no eran tanto sus teorías y doctrinas, profundamente alejadas entre sí, sino la importancia de saber armonizar el pensamiento racional-económico con la dimensión espiritual del ser humano. Él no lo hizo explícito de esa manera, pero creo que podría afirmarse que el uno sin el otro, la orientación exclusivamente instrumental o utilitarista de la conducta humana sin la corrección de lo espiritual, conducen a un desequilibrio de consecuencias destructivas. No me refiero a ese desequilibrio al que Schumpeter identificaba como síntoma de salud en la economía, sino al desequilibrio social, este me preocupa especialmente pues es a su estudio a lo que me dedico. Pues bien, observo, y con esto tomo prestada la segunda de las ideas de Drucker a las que me refería, que el nuestro es un tiempo de discontinuidades. Él, nada más y nada menos que en 1969 hablaba ya de La era de la discontinuidad. A mí me parece que emplear en estos días el término era es un imposible, casi un exceso verbal, pero sí me quedo con lo de la discontinuidad pues ella es co-causante del desequilibro en que nos hemos instalado. Un desequilibrio que va en aumento y que el Derecho y las instituciones no están consiguiendo, a mi juicio, estabilizar o contener, que no suprimir pues sería quimérico e incluso indeseable. Confío en que no me tachen de intrusismo si creo que la conjugación de ambos -discontinuidad y desequilibrio- no sólo marcan el día a día social sino que, trascendiéndolo como hace todo lo relevante para el ser humano, ha calado en la esfera privada de la vida. Otro pensador, esta vez alemán, Hartmut Rosa, lleva ya décadas alertándonos de lo que en nosotros siembra la aceleración en que vivimos. La falta de serenidad y, lo que es peor, la despreocupación por la búsqueda del equilibrio en lo grupal y lo individual se dejan notar aquí y, a tenor de algunos resultados electorales, en el resto de Europa. Así las cosas y los días habremos de hacernos lo que Drucker llamaba «preguntas audaces».

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