Opinión | sedimentos

Nutrición infantil

La obesidad infantil es un problema en constante incremento y que se revela como de muy compleja solución. Ciertas dolencias directamente relacionadas con una nutrición deficiente se están diagnosticando ya en etapas muy tempranas, en tanto que es obligado pensar que la salud general y, por tanto, la probabilidad de contraer una enfermedad, no pueden disociarse de la influencia perniciosa de una alimentación descuidada. Así, aunque la obesidad por sí misma no es la causa de la diabetes, sí es un factor determinante de su aparición, especialmente cuando existe predisposición.

En los comedores escolares los menús se preparan con diligencia, atendiendo a los patrones básicos de nutrición y máximo respeto a las normas de higiene; durante las comidas, los responsables están razonablemente pendientes de los pequeños y en general, se alcanza un nivel satisfactorio, sin descartar potenciales incidentes que propician enérgicas protestas paternas denunciando anomalías, deficiencias y escasa calidad. También se constatan con relativa frecuencia situaciones particulares que se alejan de lo deseable: nunca se pueden excluir casos como el del alumno ocupado en gestionar el viaje furtivo de la comida desde el plato al bolsillo y desde allí a la basura.

¿Y en casa? Se ha insistido mucho en la importancia de rechazar los alimentos ultraprocesados, alabando las virtudes de frutas y verduras frescas, cultivadas no demasiado lejos del punto de consumo. Sin embargo, apenas se subraya la importancia del comercio de proximidad, donde la permanencia de vegetales, carnes e incluso pescado se reduce al máximo, ya que el producto se renueva enseguida en las vitrinas y no requiere fechas muy prolongadas de caducidad, imperativo usual en los lineales de las grandes superficies y germen de procedimientos específicos de conservación y envasado.

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