Opinión | el artículo del día

Votar o elegir

El hecho de votar lleva a los ciudadanos a plantearse diferentes cuestiones que no siempre tienen que ver con una elección

Se acaba de cerrar un ciclo electoral largo, muy largo. Y afirmo que se ha terminado con mucha cautela ya que hay dos elecciones más que entrarán de lleno en nuestro país, aunque se celebren fuera de él. Me refiero a las presidenciales estadounidenses en noviembre y a las legislativas francesas que acaba de convocar, tras unos muy malos resultados, el francés Macron.

Siempre que hay elecciones en los países democráticos se plantean varias dudas que invaden los debates en medios de comunicación y yo siempre me fijo en una de ellas: ¿votamos o elegimos?

Hay quien pensará que es lo mismo, pero no. El hecho de votar lleva a los ciudadanos a plantearse diferentes cuestiones que no siempre tienen que ver con una elección. El ejemplo más claro de esto que afirmo lo vimos en las presidenciales argentinas donde millones de votantes expresaron su monumental cabreo y, me atrevo a afirmar, que sin meditar la elección que hacían. La invitación a elegir ha quedado muy clara en las palabras del futbolista francés Mbappé que, asustado por el resultado en las europeas, quiere invitar a sus conciudadanos a elegir al futuro presidente pensando en las consecuencias de que la ultra Marine LePen sea la elegida. En una fotografía muy gráfica hemos visto a cuatro jugadores de la selección francesa: el citado Mbappé. Tchouameni, Mendy y Camavinga, todos ellos de color y del Real Madrid. El capitán francés ha venido a decir que ellos no estarían ahí con las políticas de la ultraderecha y recuerda que su padre es camerunés y su madre argelina.

Millones de franceses votarán por cabreo con su situación personal o familiar, y entregarán su voto a una persona que no quiere a ciudadanos como ellos. Como ídolos que son les aplaudirán cuando jueguen al fútbol, pero no les escucharán a la hora de valorar la decisión que, ¡ojalá me equivoque!, llevará a Marine LePen a la presidencia y desde donde pondrá en marcha políticas que dificultarán gravemente la llegada de futuros Mbappé's a su país.

Otros ejemplos significativos de lo que es votar y elegir los estamos encontrando a menudo. Comenzando por lo más próximo, voy a fijarme en las recientes elecciones europeas y en los resultados en nuestro país. En varios barrios de Zaragoza, tradicionalmente obreros, ha habido un número notable de votos a la lista que se identifica con Puigdemont. Parece evidente que esos votos son de cabreo, contra Sánchez, sin que quienes los han emitido hayan pensado en la elección que hacen. El que en la futura Comisión Europea haya una mayoría u otra, con las coaliciones precisas, será muy importante para nuestro futuro, y para conformarla unos votos razonados y electivos podrían ser decisivos a favor de una determinada opción, de las mayoritarias, lo que no se consigue con esos votos de cabreo. Algo similar estamos viendo en Reino Unido ante las próximas elecciones legislativas en las que vuelve a estar como candidato alguien como Nigel Farage. Este señor reconoció al día siguiente de la votación del Brexit que había mentido claramente para lograr la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea, algo criticable que debería haberlo llevado a un retiro político absoluto. Y vemos que no es así y de ser correctas las encuestas que se están publicando obtendrá un número de votos notable, lo que le llevará a la Cámara de los Comunes. Una vez más el voto del cabreo por delante de la decisión razonable de elegir a quienes gobernarán o estarán en la oposición haciendo política.

En el mundo democrático occidental estamos viviendo una perversión del sentido del voto que está llevando a algunos países a ser gobernados por grupos que podemos definir como autoritarios. Muchos votantes, y un número notable de jóvenes entre ellos, se dejan ir por cuestiones poco sensatas hacia líderes sin escrúpulos que abusando de la facilidad que dan las redes sociales les lanzan mensajes atractivos. Si el voto se moviese por la decisión de elección de los futuros gobernantes sería imposible que personajes tan impresentables como l’enfant terrible de la ultraderecha francesa, Jordan Bardella, tuviesen cabida en los parlamentos. Este señor está vendiendo una imagen de sí mismo que es absolutamente falsa, toda ella perfectamente diseñada para ser atractiva a millones de seguidores, cabreados, que ven en el exabrupto una salida a sus frustraciones. Al día siguiente, como ocurrió con la votación del Brexit, muchos abstencionistas o votantes cabreados se darán cuenta de su error, y así lo manifestarán, ya tarde. ¿Hemos aprendido algo de esos votos cabreados? Parece claro que no.

Debemos poner el foco en nuestros partidos políticos, conocedores como son del poder destructivo de las redes sociales, y que no reaccionan. Estoy seguro de que hay influencers sensatos que podrían tratar de contrarrestar a los profetas del cabreo. ¿Alguien está tratando de ponerlos a trabajar para conseguir que los seguidores de estas redes se paren un minuto a pensar?

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