Opinión | firma invitada

El abismo de la irracionalidad

La vida avanza impulsada por su propia fuerza, y no está en nuestras manos controlarla para determinar su destino. No obstante, somos responsables del uso que hacemos de ella; no en vano, la poseemos por un tiempo limitado y es fundamental auditar nuestras acciones, siendo reflexivos antes de llevarlas a cabo. Así, los errores serán menos frecuentes y, sin duda, se producirán por equivocación y sin ninguna intencionalidad.

Pero volvamos a la vida, a ese diminuto espacio que ocupamos en el tiempo. No me refiero al que definimos los seres humanos, sino al que representa la Naturaleza, la del Cosmos. Individualmente, en esta obra universal, no tenemos un papel ni siquiera una butaca de público; en el mejor de los casos, somos una mota de polvo. ¿Por qué insistimos en considerarnos los reyes de la creación? ¿A quién se le ocurrió semejante insensatez?

Ni siquiera somos capaces de conocernos a nosotros mismos. Con el paso de los años, desde nuestros inicios como especie, hemos incrementado las diferencias entre los pueblos y las personas. Nos hemos especializado en un egoísmo individualista que dice muy poco de nuestra supuesta capacidad intelectual. Es cierto que en avances técnicos hemos cumplido, pero no en el modelo social de convivencia. Cada vez somos más personas habitando el planeta y, sin embargo, estamos más alejados y emocionalmente desconectados.

Es incomprensible que esa selectividad irracional aporte algún valor positivo. ¿Por qué el color de la piel tendría alguna importancia? El blanco perfecto, el negro malo. Imaginemos que un día se decide marginar a los gordos, a los rubios, o a cualquier otra tipología existente. ¿Respondería esto a la más mínima racionalidad? Seguramente no. Llegamos a tales desvaríos que el género masculino se considera superior al femenino. Para alcanzar tales conclusiones, es necesario tener una mente vacía, con telarañas de inactividad.

El mundo desarrollado incrementa sus demandas de consumo y, para que esto sea posible, depende de los recursos naturales. ¿De dónde obtenemos estas materias primas? África es un lugar prioritario. La Unión Europea y Estados Unidos importan el 50% de las exportaciones africanas de materias primas, y China ha pasado de un comercio de 64 millones de dólares a 13 mil millones. Sin embargo, la mayoría de las empresas productoras de estas materias primas pertenecen a estos tres bloques; obtienen lo exportado a sus países a bajos costes, pues explotan los recursos humanos que trabajan al margen de derechos laborales, incluso utilizando mano de obra infantil.

Los beneficios son para estas empresas y los dictadores que gobiernan esos países. La agricultura es otro ejemplo similar: representa el 15% del PIB de África, posee la cuarta parte de la tierra cultivable del planeta, pero solo genera el 10% de la producción mundial; es agricultura sin tecnología avanzada.

A pesar de que este continente, explotado por nosotros, tendrá en 2040 una fuerza laboral superior a la de China, seguimos negándoles el derecho a abandonar sus países, huyendo de la miseria, enfermedad y esclavitud, para venir a convivir con nosotros. Carecemos de mano de obra en muchos sectores productivos. Los estudios recientes indican que España necesita 400.000 migrantes anuales para mantener su desarrollo.

En definitiva, estamos ante un escenario desolador: no queremos compartir con nadie, el individualismo es la norma frente a la convivencia. No valoramos la libertad, la democracia ni los derechos humanos, y llevamos a la sociedad al abismo de la ignorancia y el egoísmo.

Es necesario que empecemos a contemplar, en nuestro modelo de sociedad, cómo la pedagogía social es un instrumento básico para, antes que nada, entender que somos una especie, la humana, y que, por colores, género, ideologías u otras circunstancias, no hay nadie que se quede fuera de ella y que el entendimiento y respeto de las ideas de los demás nos aportará un óptimo desarrollo y la conservación de nuestra casa, que es este planeta que llamamos Tierra. Confío en que las generaciones venideras sean más racionales que nosotros.

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