Opinión | SALA DE MÁQUINAS

La presidenta

Estaba el pasado domingo firmando en mi caseta de la Feria de Madrid cuando la multitud hizo un movimiento, se abrió un pasillo y se oyó gritar histéricamente: «¡La presidenta, la presidenta! ¡Ayuso, Ayuso!». Más gritos, carreras, selfis, locura…

Visto lo cual -más otros muchos indicios y señales-, en el seno del Partido Popular parece sólo cuestión de tiempo lo que en la superficie viene sucediendo ya: un cambio de liderazgo. Que Isabel Díaz Ayuso pase a dirigir la formación podrá demorarse más o menos, según los acontecimientos nacionales y el calendario del partido, pero parece claro que terminará ocurriendo.

Quienes más a favor parecen estar de ese recambio de liderazgo son muchos de los propios votantes del PP, los mismos que han convertido a doña Isabel en un icono. En «La presidenta».

Que lo es, por supuesto, porque gana matemáticamente las elecciones en su Comunidad, pero también, y sobre todo, porque alterna estratégicamente, y de tú a tú, con otros presidentes que lo son, no de autonomías, sino de grandes países. Con el español, Pedro Sánchez, su enemigo íntimo (quien se equivocó con aquella «foto de las banderas», regalando a Ayuso un protagonismo improcedente que ella supo aprovechar). O con el argentino Milei, su querido amigo, a quien condecora y recibe como máxima autoridad española y con quien compadrea, conspira, conchaba... Del «¡Viva la libertad, carajo!» de Milei a un próximo «¡Viva la presidenta coraje!» no hay más que un lema, no hay más que un paso.

Y mientras delante de Ayuso y de Santiago Abascal, en el centro de Madrid, un crecido Milei ataca a la familia carnal y política de Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, que apoyó a Milei en Argentina, pero que ahora no le recibe, entra y sale de la capital pensando en cómo sacar a don Pedro del Gobierno para ocupar él esa presidencia que tanto se le resiste; si con la ayuda de Junts, del PNV, de una moción de censura o de unas elecciones generales…

Pero acaso pensando también, a la vista del subidón que describe «la presidenta» en cómo evitar que su amiga Isabel le imponga un día de estos la medalla… de la jubilación.

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