Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Todas las mujeres muertas

Las cifras de la llamada «violencia de género» se han disparado en España. No sólo aquí; no únicamente, por desgracia, entre nosotros. Son muchos los países en los que la estadística de homicidios no accidentales, voluntariamente cometidos, está dominada, copada por maridos o novios criminales, o por exnovios o exmaridos asesinos; varones de cualquier procedencia, edad, ideología o religión, profesionales, parados, estudiantes o jubilados que han matado a las mujeres con las que mantuvieron o mantenían una relación.

En los últimos veinte años, más de 1.200 mujeres han sido asesinadas en España, víctimas de «crímenes de género».

Esta cifra increíble, sentimentalmente inabarcable, humanamente inasumible, pesa como una losa sobre nuestro sistema de protección social y familiar, sobre cualquier prevención o programación educativa y sobre todas aquellas disposiciones judiciales que, condenando y sentenciando los hechos, no aciertan a erradicar las causas. En este punto, no funciona casi nada: ni los teléfonos de urgencia ni las medidas policiales ni, salvo en muy pocos casos, la rehabilitación psicológica... Una y otra vez la muerte violenta se ha cernido sobre una mujer tras otra a manos de alguien que tal vez las quiso y a las que ellas acaso quisieron también...

¿Solución? No existe una sola fórmula, evidentemente.

¿Soluciones? Tal vez una combinación de inmersión educativa en el respeto a la pareja, a la familia y su entorno; más una redoblada labor preventiva, tratando desde el primer momento la posible aparición de brotes de violencia, a menudo surgidos de manera casi imperceptible en el marco de la convivencia doméstica; más una decidida acción política, policial y judicial que revise al alza las penas por esta clase de delitos, desde el maltrato psicológico, la amenaza, la coacción o el chantaje hasta el último peldaño de esa siniestra escalera de bajada al infierno: el propio sacrificio de la víctima, inmolada por lo general en el interior de su propia vivienda.

Lacra, baldón, asignatura pendiente... Cada asesinato de una mujer inocente supone un paso atrás en nuestro presunto avance civilizador. Un fracaso, una vergüenza, sí, pero también otra razón para seguir buscando una solución a tan terrible y angustioso problema.

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