Opinión | FIRMA INVITADA

La clase obrera ya no va al paraíso

Autoafirmarse como trabajador, como obrero, no se lleva. Los diferentes informes del barómetro del CIS así lo recogen

Han pasado muchos años desde que Elio Petri ganó la Palma de Oro en el festival de Cannes de 1972 por su magnífica película La clase obrera va al paraíso. Una película que denuncia, al más puro estilo del neorrealismo italiano, las condiciones laborales en una fábrica del industrializado Milán, donde un obrero modelo sufre un accidente laboral y es despedido, la solidaridad de sus compañeros le lleva a la huelga, se hace sindicalista y, mientras es readmitido, admirado y cortejado por los estudiantes e intelectuales izquierdistas, su estructura familiar se rompe porque sin ingresos no hay posibilidad de consumo.

La historia presenta las contradicciones del trabajo, la alienación de la cadena de producción, la necesidad de satisfacer las necesidades familiares de consumo, la solidaridad de clase, el desencanto...

Recordarla ahora supone trasladarte a un mundo donde la clase obrera era el llamado sujeto de emancipación, el colectivo que iba a cambiar el mundo. Sin embargo, desde las últimas décadas del siglo XX, esta certeza ha ido cambiando y lo laboral ha perdido protagonismo en el debate social a favor de lo identitario, lo cultural, lo medioambiental, lo territorial, lo cual ha generado un gran problema en la izquierda y en el movimiento sindical.

La clase obrera no está de moda. Autoafirmarse como trabajador, como obrero, no se lleva. Los diferentes informes del barómetro del CIS así lo recogen. En 2019 el estatus socioeconómico del 41% de la población era el de obrero/a cualificado o no cualificado. Sin embargo, cuando se preguntaba a la gente, solo el 10,3 % de los encuestados se consideraba clase obrera o trabajadora, mientras que el 58% se autopercibían como clase media.

En el barómetro de febrero de 2024, la ciudadanía prefiere no verse como clase trabajadora, aunque trabaje. La conciencia de clase va cayendo y surgen nuevos perfiles como el precariado o el pobre (recientemente vi una entrevista a un repartidor de comida rápida al que le preguntaban como se definiría y lo tuvo muy claro: pobre). Hay más personas que se definen como clase baja o pobre (el 18%) que como clase trabajadora (11%). Si uno es reponedor, rider o precario, es más fácil que diga antes que es pobre a que es trabajador. También es cierto que es la primera vez en la historia que estos colectivos están sobreformados en muchos casos y los empleos son en gran parte esporádicos.

En los países desarrollados, tras la deslocalización de empresas y la desindustrialización que ha traído la globalización económica, hemos pasado a una economía postfordista, a otra donde predominan lo que algunos sociólogos llaman trabajos líquidos en el sector de la informática, las tecnologías o los servicios. Son trabajos que no duran toda la vida, no conllevan identidad con la empresa, ni muchas veces dan un sentido a lo que se realiza. La competencia, el individualismo , el aislamiento, forman parte de muchas de estas actividades. Sin embargo en la fábrica, el roce hacía y hace el cariño, y con ello los sindicatos y la solidaridad. Pero tanto la terciarización de la economía como la automatización del trabajo no colabora a que la población se autoproclame como lo que es, clase trabajadora.

Es curioso que al mismo tiempo que la clase obrera se aburguesa, las clases medias se están proletarizando.

Por otro lado hay datos muy contradictorios: mientras que el 77% de los españoles opina que la explotación laboral es habitual y un 40% está descontento con el salario, el 82% está conforme con su trabajo aunque las condiciones laborales no sean buenas.

En esta especie de carrera por el desclasamiento y la búsqueda de otras identidades para sentirse parte del cuerpo social, el movimiento sindical es fundamental para corregir derivas y reafirmar el valor del mundo del trabajo. Porque la principal contradicción sigue siendo entre capital y trabajo, y mientras del tejido social surgen grupos y corrientes como setas, la riqueza se acumula en menos manos y los grandes grupos empresariales acotan las democracias.

La mejor etapa de la sociedad del bienestar se ha construido con las organizaciones sindicales, con la negociación colectiva generalizada y con contrapoderes que han permitido equilibrios de progreso. En este marco se creó y se ha desarrollado la clase media en Europa y la democracia. Cuando esto se difumina, o directamente desaparece, no hay contrapoder y la ley de la selva se impone.

Suscríbete para seguir leyendo