Opinión

La Romareda, epicentro emocional

La construcción del nuevo estadio debería ser un punto de inflexión para la ciudad, pero ello exige que esa transformación se irradie al resto de la capital y también a los zaragozanos

En imágenes | El montaje del escenario para el concierto de Bunbury en La Romareda encara su recta final

En imágenes | El montaje del escenario para el concierto de Bunbury en La Romareda encara su recta final / Miguel Ángel Gracia

El estadio de La Romareda comenzará a sufrir a partir de mañana una metamorfosis que le convertirá en uno de los referentes urbanísticos de la ciudad, algo que sucederá a finales de 2027 si se cumplen los plazos, que fijan, al menos, tres años de obras. El viejo estadio ha sido testigo y escenario de un volcán de emociones en las últimas décadas, no solo como epicentro de los logros y frustraciones que han tenido como protagonista al Real Zaragoza sino también como aglutinador de un mosaico de sensaciones ligadas a la celebración de históricos conciertos (Tina Turner, Mark Knopfler, Sting, Mecano, Michael Jackson, Gloria Stefan, Bruce Sprinsgteen y Héroes del Silencio, entre otros) que quedarán para siempre en las retinas y los corazones de los aragoneses. No existe disco duro capaz de almacenar tantos momentos desde que ese símbolo de la ciudad inició su actividad el 8 de septiembre de 1957. El último latido de La Romareda se produjo ayer con el esperado concierto de Enrique Bunbury, en el que se dieron cita unas 30.000 personas, lo que puso el broche de oro a más de 67 años de historia.

La Romareda, por tanto, se ha ganado el título de reina de las emociones de una ciudad que hoy comienza una travesía por el desierto y que ha depositado muchas de sus esperanzas de cambio y transformación en el nuevo estadio. Porque el proyecto simboliza un cambio de era en una ciudad que ha vivido más de 20 años enfangada en disputas, controversias y falta de entendimiento. Quizá la construcción de la nueva Romareda anticipe un punto de inflexión en la capital aragonesa y, de esta forma, sea posible dejar atrás años de decadencia y nostalgia, pero también de temores, inseguridades y complejos. 

El proyecto definitivo ya está en manos de la nueva sociedad, integrada por el Gobierno de Aragón, el Ayuntamiento de Zaragoza y el Real Zaragoza. Los tres socios (a la espera de que se pueda sumar alguno más, o no, en los próximos meses) tienen una responsabilidad compartida, aunque cada uno tiene una misión más allá de la aportación económica que realizan (40 millones de capital por socio). Tanto el Ejecutivo de Azcón como el consistorio, liderado por la alcaldesa Natalia Chueca, han de garantizar el cumplimiento de los plazos y velar al máximo por que las obras se desarrollen con agilidad para que esa parte de la ciudad pueda sobrevivir a un trienio que será complicado para los vecinos, los negocios del entorno y para el hospital Miguel Servet, el gran referente sanitario de la comunidad. 

El último latido del estadio llegó con el concierto de Enrique Bunbury, que pone el broche de oro a más de 67 años de historia

Otra de las misiones, no menor, ha de ser que Zaragoza sea capaz de interiorizar e irradiar esa transformación a otras zonas y barrios de la ciudad. Además, habrá que dar con la fórmula adecuada para que la explotación de la zona comercial del estadio sea acertada y trate de tener personalidad propia. También habrá que comprobar si la capital es capaz de organizar conciertos de primer nivel, algo que contribuiría a posicionarla en la vanguardia.

La parte deportiva ya es otro cantar porque no está sujeta a la lógica, si bien el proyecto deportivo y la posibilidad de que el Real Zaragoza suba a primera división puede ser un catalizador emocional y económico para la sociedad y para la ciudad. Este posiblemente sea el aspecto más relevante porque condicionará el estado de ánimo de los zaragocistas y la continuidad en el proyecto de los nuevos propietarios del club, algo que depende del ascenso o no del equipo. 

Los cimientos, no obstante, están puestos, ya que la gestión económica llevada a cabo hasta la fecha ha sido notable. Mientras, el área deportiva tiene al frente a un icono para el zaragocismo, Víctor Fernández. Pero la afición todavía tiene pendiente de resolver varias incógnitas que planean en el horizonte y que se sustancian en la confección de la plantilla para la temporada 2024-2005 y cuál será la respuesta de la afición para el próximo año tras una campaña aciaga, un malestar palpable entre los socios del Gol Sur y la convivencia con dos años de traslado al campo provisional del Actur

Durante los próximos meses y años asistiremos, por tanto, a un escenario en el que las piezas han de encajar lo mejor posible para que el proyecto sea una realidad y para que la ciudad y las instituciones salgan fortalecidas del envite. De ello depende que el estadio pueda emerger como icono de la nueva Zaragoza, cuya salud emocional está ligada a La Romareda. Comienza el reto.