Opinión | EL COMENTARIO

Sobre motosierras

Mi padre me transmitió un aragonesismo que yo definiría como pragmático. Consistía la cosa en un sentimiento de orgullo por lo propio, nuestra identidad histórica, nuestras tradiciones y valores culturales. Me explicó que una constante de ese ser aragonés consiste en la capacidad de alcanzar pactos y acuerdos, comprender que para caminar hacia adelante como familias (porque esta característica tiñe de forma significativa el derecho foral) y como comunidad sociopolítica, la mejor forma de hacerlo es encontrar la manera de encajar los plurales intereses legítimos.

Este recuerdo acude en mi auxilio y acaba en esta página porque la nueva metáfora de moda para hablar de la forma de afrontar la gestión de lo común y, consecuentemente, de nuestra convivencia, es nada más y nada menos que la motosierra.

Los amigos de la motosierra, que podrían montar un club exclusivo y excluyente, piensan que la forma de arreglar los asuntos es tirar de semejante objeto y acabar con todo lo que creen que sobra en nuestra convivencia, que es casi todo, y podarlo hasta esmocharlo.

El principal objetivo del club es el Estado de Bienestar que les sobra tanto como los objetivos de justicia social. Opinan que no somos iguales y que la igualdad no puede ser el objetivo de una sociedad sana. Que cada uno se las tiene que apañar como pueda. Si usted no tiene éxito es porque es un lerdo de capirote y se merece la suerte que se ha labrado a pulso. Los que se empeñan en lo contrario, en intentar organizar estructuras que igualen las carencias de partida de millones de personas, somos seres despreciables a los que habría que aplicarles la motosierra en las pocas neuronas que tenemos.

Las soluciones motosiérricas tienen el sabor de lo conocido. Las escuchas y te preguntas: ¿De qué me suena esto? No hace falta esforzarse mucho para caer en la cuenta de que este tipo de baladronadas las hemos escuchado previamente, muchas veces en la barra de un bar. ¡Esto se lo arreglo yo en un pispás! ¡No lo arreglan porque no quieren, porque defienden intereses ocultos! ¡Si yo fuera el jefe se iban a enterar! ¡En tres patadas lo arreglo yo! En dos, añado yo, si el solucionador lleva un par de cubatas.

Cuando me imagino a estos miembros del club de la motosierra haciendo de las suyas, de forma inevitable, asaltan mis recuerdos una serie de vídeos que circula ahora en las redes y en las que se ve algún tipo empuñando el objeto en cuestión y cortando árboles, maderos en una obra, vigas, etc. con tanto salero que se le caen encima (los maderos, las vigas o la obra entera). Así que, visto lo visto, me ha parecido que debía escribir este artículo para hacerle la advertencia: manténgase lejos de los de la motosierra porque tengo por seguro que corre serio riesgo de que, esta vez sí, se cumpla la maldición de los galos de Astérix y le caiga el cielo en la cabeza.

Nos vendría bien recordar quiénes somos, de dónde venimos, lo que lleva décadas funcionando bien, lo que pasaba cuando no teníamos estructuras públicas de soporte de las necesidades fundamentales, el tiempo en que otra gente con objetos relativamente similares a la motosierra nos convirtieron en súbditos.

Nos vendría bien recordar que los miembros del club del pacto somos más y, sencillamente, mejores en la gestión de la cosa común. La motosierra no representa otra cosa que una forma obsoleta de gestionar lo que es de todos.

¿De verdad que le quiere confiar lo que más aprecia, la salud, la escuela, las pensiones, los servicios sociales, a un tipo (o tipa) armado con una motosierra?

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