Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

Tuna patriótica de togas y puñetas

Ha salido por ahí un juez de la Independencia Judicial Indiscutible de España -otro más-, un tal Aguirre, anunciando los telediarios que le quedan al gobierno, dos, concretamente, según él, y parece que jactándose de que va a ser gracias a, otra vez, él. Cierra la proclama con un recio, españolísimo y patriótico «A tomar por culo», pero antes señala que «la gente toma partido...» y que el partido es, tres veces ya, ¡él! Le sale la voz como de confesionario, de sacristía, no de mitin cuartelero, sino voz suavona, como de sotasacristán a las comadres de novenario. En fin, otra página gloriosa de la justicia independiente, esa cosa mitológica que no para de darnos ejemplo de su quimera, sino tema para astracanes, esperpentos y otros espectáculos cómicos taurinos musicales, y hasta puede que con enanos toreros -que en Teruel, su alcaldesa, vanguardia ocasional de las Españas ulteriores, ya les deja salir otra vez a la plaza; no por enanos, no, por dios; por el arte en el toreo que acreditan, y añade un paisano que para que se ganen honradamente la vida-. Pues eso.

La independencia judicial, en fin, otra vez proclamando su calidad, ahora por otro juez salvapatrias. Con razón don Feijóo no se fía del Constitucional, aquí no tiene la cosa controlada por detrás, como dijo aquel julai, el tal Cosidó, que dejó la frase para la historia: «Controlamos la sala segunda desde atrás». Al parecer, lo de controlar al Supremo y afirmarlo con tanto salero no trae pena ni delito ni consecuencia alguna en la Independencia Judicial Española y de las Jons. El Supremo, a todo esto, es el que sigue y galopa y corta el viento contra la ley de amnistía caminito del pepé; este tribunal que tanto complace a don Feijóo, ganador incesante de elecciones perdidas en segundas nupcias, y a su socio, Haragán Primero de la Unidad de Destino en lo Universal.

Pero pelillos a la mar, todo sigue como si fuera verdad la fantasía animada de esa independencia, que le dicen. Digámoslo en lenguaje abogadés: hay señales que parecen anunciar que podría considerarse tal vez la posibilidad de que quizás pudiera darse una especie de sesgo no declarado que trataría según apariencia de influir en la política desde una especie de tuna estudiantina de togas y puñetas cantando a coro en ciertos estamentos superiores del sistema judicial, con sus tenores y sus panderetas. Habrá gente que, por qué no, tal vez pudiere pensar algo así, dado lo dado y según lo que va saliendo.

Pero bueno, y qué pasa si pasara, pues eso, nada. La independencia judicial sigue en toda su esplendorosa apariencia inasequible al desaliento, y casi todo el mundo que cuenta en el mundo de la gente que cuenta dinero y poder a mansalva, sigue con la (presuntísima) fábula, como si fuera el famosísimo traje del emperador, aquel que iba en meras bolas entre aplausos y vítores de los cortesanos arrebatados de entusiasmo por su hermosísima facha. ¿Facha, dice usted? Sí, facha, aspecto, apariencia. ¡Ah!...

Pues eso, que al parecer, hay quien proclama sus dignidades por la calle de Alcalá con la toga almidoná y los nardos apoyaos en la cadera (la derecha) desfilando con las gafas adecuadas del color con que se mira. Y eso sabe, se rumorea, se intuye, rula y no para por los pasillos, salones, restaurantes discretos y demás zahurdas de la villa de Madrid, convertida ya en la primera Comunidad Independizada del Estado, con su reina castiza y su Rasputín macerado en patrióticos gintonics, su ministerio de asuntos exteriores y el de interiores, mediopensionistas y residencias de tránsito de la tercera edad al infinito, que ya tiene hasta eslogan, hombre, mujer. De Madrid al cielo; elija Residencia.

El pronunciamiento del Supremísimo, pues, ha sido muy celebrado como un solo hombre por don Feijóo y por Haragán Primero de todas las Españas. Ellos son muy fans de este Supremo y muy poco fans del otro, del Constitucional, que parece que en éste aún no tienen el control desde «detrás», y un empate tampoco les vale.

Ni que hubiera una especie de cruzada patriótica siguiendo la consigna del caudillito de famóbil que se diría que los apacienta: cada uno que haga lo que pueda. Y a fe que lo están haciendo.

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