Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

Extremófilos políticos

El centro se ve como una tierra de nadie y de indefinición

Seguramente alguna vez has oído hablar de los extremófilos, esos seres vivos capaces de sobrevivir en condiciones tan extremas que la mayoría de las formas de vida no podrían soportar. Con ellos se experimenta para explorar la posibilidad de encontrar vida en planetas donde su existencia nos parece imposible.

¿Pero y si no tuviéramos que mirar tan lejos? ¿Nos estaremos convirtiendo los humanos en extremófilos?

Elección tras elección, que es donde más claramente se reflejan las tendencias de nuestra sociedad, observamos cómo nos inclinamos cada vez más hacia los extremos. El centro, que siempre fue nuestra zona de confort, donde una sociedad podía agrupar a la mayoría y avanzar juntos en la mejora de nuestras condiciones de vida, ahora se percibe como una tierra de nadie, una zona de indefinición. Se buscan respuestas en los extremos, que nunca han sido saludables.

Hoy nos levantamos con una gran cantidad de personas aliviadas porque Marine Le Pen y su Agrupación Nacional no han ganado las elecciones. ¿Pero a cambio de qué? ¿Han triunfado opciones más moderadas y centradas? No, ha ganado el otro extremo, Jean-Luc Mélenchon y su Frente Popular, un candidato que hasta hace poco se consideraba incompatible con una democracia como la francesa y que, en muy poco tiempo, se ha convertido en el ganador de unas elecciones de vital importancia, no solo para Francia, sino para toda Europa.

Esto no es un fenómeno exclusivo de Francia. Las recientes elecciones europeas fueron otra muestra de ello, con los partidos más extremos, incluso los antisistema, ganando terreno en el Parlamento Europeo. Incluso, la semana pasada, vimos cómo Vox decidió aliarse con el grupo de Viktor Orbán, el principal aliado de Putin en Europa, dejando de lado a Giorgia Meloni. ¿Tal vez ella ya no sea tampoco lo suficientemente extrema?

Lo mismo, lamentablemente, veremos en Estados Unidos en pocos meses, donde Donald Trump, una persona con cuyos antecedentes no debería tener opción a ser presidente ni de su comunidad de vecinos, se perfila para gobernar de nuevo la principal potencia mundial.

¿Pero de quién es la culpa? De todos nosotros. Estamos olvidando que los extremos, sin importar de qué lado, no se combaten con otros extremos. Se combaten con moderación y centralidad, con argumentos sensatos y no con más exabruptos y ataques al contrario.

La política, desde hace ya demasiados años, se ha convertido en un Sálvame donde parece que tiene más razón quien más grita. Esto supone la pérdida de confianza de una amplia mayoría de la sociedad, que busca referentes en otros lugares donde, lamentablemente, la moderación no es la seña de identidad.

Nos hemos convertido en una sociedad de titulares, donde la mayoría no se detiene a leer una noticia completa. Por eso, se buscan titulares llamativos, aunque poco tengan que ver con el contenido de la noticia. Y la política se ha impregnado de esto, de buscar titulares que generen muchas reacciones, generalmente viscerales, para aglutinar a los suyos. Pero volvemos a lo anterior: lo visceral deja de lado lo racional y, en las emociones, nunca gana la moderación.

Necesitamos regresar a la moderación, ser capaces de combatir los extremos con más razones y menos emociones, apartar el ruido para explicar lo importante. La historia nos ha enseñado, aunque algunos no lo hayan aprendido, que de los extremos nunca ha salido nada bueno y que los extremos se tocan entre sí, así que los de un lado no son mejores que los del otro, son lo mismo con diferente lazo.

Volvamos al centro y a la moderación, o los extremos nos volverán unos contra otros. Recordemos que, en esos entornos, solo sobreviven los seres extremófilos.

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