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Opinión | FIRMA INVITADA

Respeto

La libertad de expresión no debería estar reñida con la educación y el respeto hacia las instituciones del país cuyos colores defienden estos jugadores

Hay pocas cosas que tengan la capacidad de crispar tanto una conversación como la política o el fútbol. Supongo que tiene que ver con la inevitable pasión con la que nos identificamos dentro de una ideología o con los colores de un equipo determinado. Estoy seguro de que la gran mayoría de las discusiones que se producen diariamente en España tienen que ver con una de las dos cosas, lo que supone un verdadero drama para ese selecto grupo de individuos, entre los que me incluyo, que viven con pasión tanto una como otra, y que no dudan en defender, con idéntico entusiasmo, los goles de su equipo y la última intervención en la tribuna del Congreso del portavoz del partido de turno.

Pensaba en ello mientras veía el protocolario saludo que los recientes campeones de la Eurocopa protagonizaron el pasado lunes en el Palacio de la Moncloa, donde fueron recibidos por el presidente del Gobierno, y en el que destacó la frialdad generalizada de la mayor parte de los jugadores, por no hablar de la evidente hostilidad con la que se comportaron un par de ellos al pasar casi de largo, y sin ni siquiera responder al saludo que les dirigía Pedro Sánchez.

No soy de esos que piensan que los deportistas deban permanecer callados ante las cosas que ocurren en la sociedad. Todo lo contrario, creo que tienen el mismo derecho a expresar sus opiniones que cualquier otro individuo, incluso cuando estas se refieren a cuestiones relacionadas con la actualidad política, tal y como hicieron Kylian Mbappé y algunos otros componentes de la selección francesa ante las recientes elecciones legislativas, y en las que expresaban el temor ante la posibilidad de que la ultraderecha pudiera alcanzar el poder en el país vecino.

Pero creo igualmente que la libertad de expresión y la posibilidad de decir lo que uno quiera no debería estar reñida con la educación y el respeto hacia las instituciones del país cuyos colores defienden estos jugadores, que además les pagan generosos sueldos, por cierto. Entiendo que las opiniones personales deben reservarse para el momento en el que uno se representa a sí mismo, y que esto debe dar paso a un irreprochable respeto cuando se pasa a representar a una entidad que está muy por encima de uno mismo. En este sentido, y más teniendo en cuenta que uno de los aludidos es, además, uno de los capitanes de la selección, el saludo protocolario no era en nombre propio, sino como parte de un grupo de deportistas que han representado a España en una competición internacional, y que por tanto el respeto y la compostura deben de primar por encima de cualquier convicción personal cuando se trata de atender al máximo representante de la soberanía popular.

Quizás es mucho pedir, puesto que dentro de los propios componentes de la llamada «clase política» (qué poco me gusta este concepto que se inventó Gaetano Mosca hace ya casi un siglo) el respeto se ha convertido en una rara avis. No tenemos más que escuchar o leer las intervenciones en el Congreso para comprobar que la compostura y la corrección debidas han dado paso a insultos, descalificaciones y todo tipo de comportamientos alejados de la corrección exigible a nuestros representantes políticos.

Resulta desalentador que la deseable pugna dialéctica que debería darse en la tribuna de oradores haya sido sustituida por el chascarrillo, la descalificación y la búsqueda del titular fácil con el que nutrir un vídeo para las redes sociales. Mucho más el recurso a la manipulación de la verdad, cuando no directamente la mentira, como cuando se acusa a un gobierno, por ejemplo, de ilegítimo, pese a contar con el respaldo mayoritario de los partidos que constituyen el Congreso de los Diputados, que son los que otorgan, precisamente, la legitimidad de la institución al ser transmisores de los votos de los ciudadanos. Para que no queden dudas, tampoco me parece adecuado, ni correcto, saltarse la mínima ética y las normas de buen gusto que deben caracterizar la confrontación política, y que empiezan por felicitar al adversario que ha resultado ganador de unas elecciones, por mucho que dicho resultado no le sirva para formar gobierno.

Tengo claro que en estos tiempos de creciente crispación y tensión social, es imperativo que recuperemos el respeto, empezando por nuestros líderes políticos, pero también por todos aquellos que tienen capacidad de influir en ámbitos tan diferentes como el deporte o la cultura, de quienes deberíamos esperar que dieran ejemplo con sus palabras y acciones, promoviendo el diálogo constructivo y el entendimiento. El respeto no es solo una cuestión de cortesía, sino un pilar fundamental para la convivencia democrática y la cohesión social, por lo que debemos exigir a nuestros representantes que sean los primeros en mostrar respeto y tolerancia, inspirando así a toda la ciudadanía a seguir su ejemplo. Solo así podremos reducir la actual crispación y avanzar hacia una sociedad más justa y armoniosa. Es hora de que todos pongamos de nuestra parte para lograrlo.

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