Opinión | erre que erre
Tous, Biescas y ahora Valencia

Coches amontonados en una calle valenciana tras el paso de la DANA. / José Manuel López
El barro y los coches amontonados entre si han vuelto a removernos las conciencias esta semana. La tragedia de Valencia supera la catástrofe de Biescas, otra riada que estos días nos ha venido a la mente. La crecida relámpago del torrente de Arás, en el Pirineo aragonés, arrasó el camping Las Nieves un 7 de agosto de 1996 y dejó 87 muertos y más de 180 heridos, además de escenas de fango, lodo y destrucción similares a las de estos días. Nadie está exento de poder sufrir este tipo de fenómenos naturales que tienen unas consecuencias impredecibles, tal como vimos en el verano del año pasado con la tormenta y el agua que se arrastró por el Tercer Cinturón de Zaragoza.
Años antes nos acordamos de la llamada ‘pantanà’, la rotura de la presa de Tous el 20 de octubre de 1982 que provocó 40 muertos, la desaparición total de dos comarcas valencianas y dejó sin vivienda a 300.000 personas. Hay más antecedentes, como la ‘riada de la miseria’ que afectó a familias humildes de la comarca catalana del Vallés en 1962 y dejó casi mil muertos o el desbordamiento del Turia a su paso por Valencia en 1957 que arrasó varios barrios de la capital levantina y dejó 80 fallecidos. Se decía que cada siglo había fenómenos como estos pero cada vez son más habituales por unas u otras circunstancias. Somos conscientes en nuestro país que se pueden producir avenidas difícilmente controlables, incluso en zonas habitadas que sabemos que son inundables. Nada parece impedirlo. Y ante el agravamiento de los daños por el cambio climático parece insuficiente la conciencia del riesgo.
Es evidente que hay que dar un paso más. Después de cada una de estas catástrofes se avanzó algo. Tras aquella riada catalana se canalizaron torrentes y se construyeron ramblas. El Turia se desvió en Valencia capital y la construcción de embalses y la regulación de los caudales de varios ríos peligrosos llegó tras la tragedia de Tous. Después de Biescas se prestó más atención a los lugares donde se permitían construcciones en el Pirineo.
Ahora es preciso seguir insistiendo en el peligro del cambio climático y en que se necesitan infraestructuras para afrontar este reto, para proteger las ciudades, los cultivos, las casas, los vehículos, la vida misma. Hay que repensar muchas cosas y las administraciones deben ser conscientes de que estos fenómenos cada vez están más a la orden del día y hay que prevenir las consecuencias, no el hecho en sí que parece más complicado. Y sobre todo, esa conciencia del riesgo debe impregnarse más en la piel de todos. No se puede dejar construir en todos los sitios, además hay que hacerlo teniendo presente los fenómenos que se repiten cada cierto tiempo, hay que prevenir a la ciudadanía y esta tiene que aprender la disciplina de las alertas. Pero que lleguen pronto.
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