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Opinión | 60 años del decreto del ecumenismo

Delegación Episcopal de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso en Zaragoza

Zaragoza

Tender puentes

El Papa Francisco

El Papa Francisco / FABIO FRUSTACI

Cuando Juan XXIII anunció el 25 de enero de 1959 su decisión de convocar un Concilio nadie podía imaginar el desarrollo posterior del mismo y sus consecuencias. Lo hizo a menos de cien días de su elección pero su decisión fue absolutamente firme aunque inesperada y sorprendente. Este gran acontecimiento eclesial inició su andadura el 11 de octubre de 1962 en un momento mundialmente caracterizado por la guerra fría.

Desde el primer instante el Papa Roncalli tuvo claro que el aggiornamento de la Iglesia pasaba necesariamente por avanzar en la unidad visible de los cristianos, fracturada de forma especial en los siglos XI (católicos frente a ortodoxos) y XVI (reforma protestante iniciada por Lutero). Confió esa delicada tarea al cardenal Bea, un biblista y jesuita alemán a quien puso al frente de un secretariado creado para impulsar la deseada unidad y desarrollarla de modo adecuado y transversal en los debates y textos conciliares.

El acercamiento por parte católica al movimiento ecuménico, iniciado en el seno del mundo protestante, pasó a ser una de las prioridades del Concilio conocido como el Vaticano II. Progresivamente, esta búsqueda de la unidad entre los bautizados, fue ampliándose hacia una misión ampliada de una comunión de toda la Humanidad en torno a la lucha contra la exclusión generada por el hambre, la miseria y la ignorancia que impiden al ser humano alcanzar una vida digna y en paz (mensaje de los padres del Concilio a todos los hombres de 20 de octubre de 1962).

El proyecto iniciado por Juan XXIII, que contó con grandes resistencias de la Curia romana, quedó en el aire con la muerte del Papa el 3 de junio de 1963. Poco antes de su fallecimiento aún tuvo la ocasión de presentar la Encíclica Pacem in terris, respuesta a una de las grandes preocupaciones de la era atómica. Ante la posible guerra nuclear, Roncalli se dirigió no solamente a los católicos sino a todos los hombres de buena voluntad para sumarse todos a la consecución de una paz fundada en la verdad, la justicia, el amor y la libertad.

El breve Cónclave eligió al cardenal Montini como obispo de Roma. Decidió llamarse Pablo VI. Desde el primer momento apostó por la continuación del Concilio. El nuevo Pontífice, que participó activamente en los trabajos conciliares durante la primera sesión, determinó que el Concilio iniciara su segunda sesión el 29 de septiembre. Decidió crear un Secretariado para los no cristianos, análogo al ya existente para la unidad de los cristianos, que siguió funcionando activamente de la mano de Bea, uno de los grandes protagonistas del Vaticano II.

El abrazo del Papa con el Patriarca de Constantinopla, Atenágoras I, en su peregrinación de enero de 1964 a Jerusalén supuso un encuentro histórico tras quinientos años de incomunicación. Un gesto que supuso un espaldarazo a los trabajos ecuménicos iniciados por Juan XXIII.

Mientras todo esto ocurría, el Concilio sacó adelante la renovación litúrgica en diciembre de 1963. Pero los debates en el aula conciliar, a los que ya asistían observadores cristianos no católicos, pasaron por momentos de tensión y otros de gloria que reflejaban la profunda reflexión ad intra y ad extra del Vaticano II.

El siguiente paso fue la aprobación de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia. En la misma fecha, aquel 21 de noviembre de 1964, hoy hace 60 años, el Concilio aprobó el Decreto sobre Ecumenismo (2137 votos a favor y 11 en contra), reflejando el gran consenso alcanzado en torno al imparable recorrido hacia la unidad de todos los creyentes en Cristo. Un objetivo que el mismo Jesús de Nazaret trazó en su oración al Padre pidiéndole que todos sean uno y para que el mundo crea como refleja el Cuarto Evangelio.

En ese itinerario de apertura y diálogo con el mundo, con los demás cristianos y con los creyentes de otras religiones, el Vaticano II completaría su misión con la aprobación de otros dos documentos fundamentales: el de las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (aprobado el 28 de octubre de 1965) y el de la libertad religiosa (aprobado por la asamblea el 7 de diciembre de 1965).

Hoy, como diseñó el Concilio hace seis décadas, los católicos seguimos siendo convocados por el papa Francisco a tender puentes y no a levantar muros en esta humanidad fragmentada y polarizada del siglo XXI de la que formamos parte.

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