Opinión | EL ÁNGULO
Veinticinco para cuarenta
Lo malo de los días reivindicativos es su persistencia, saber que el año que viene habrá otras tantas asesinadas más, cadáver arriba o abajo
Lo malo de los días reivindicativos es su persistencia en el tiempo. Volver a salir a la calle, guardar minutos de silencio por las 40 mujeres asesinadas por violencia machista en lo que va de año, y saber que el año que viene y al otro habrá otras tantas más, cadáver arriba o abajo.
Ver discurrir los días, asumiendo la brutalidad contra las mujeres como algo inmanente en la convivencia eleva el nivel de frustración que a veces se torna en rabia y otras en aceptación. Es difícil mantener la rabia cívica, lo es incluso para las que sabemos bien qué es la violencia machista, porque hemos sido educadas en la no conflictividad, en los cuidados o en la importancia de la prudencia.
No te matan en una reacción nueva e inesperada, no te pegan sin que antes haya ocurrido un largo camino en el que las señales eran visibles no solo para la víctima sino para todo el entorno. No sufres violencia económica y psicológica de un día para otro, pero hay un momento en que todo estalla, y ese es el inicio del no retorno.
Del mismo modo que tú no decidiste una relación así, sino que se fue modificando con el paso del tiempo, en maneras mucho más sutiles que el ¿cómo no te has dado cuenta?, decides salir de ahí sin poder elegir bien ni el cómo, ni el cuándo. Saldrás en peores condiciones que el abusador a pesar de la lucha que supone escapar de esa situación sobrevenida, y con la terrible lección de la autoprotección.
Un 25N sin sermones a las víctimas sería un gran avance, incluso un 25 N en el que el foco estuviera en el protagonista del abuso, en sus procedimientos. La lupa sobre ellos, no en nosotras. Serán ellos los que tendrán que modificar sus comportamientos, deberíamos ser capaces entre todos, de enseñar que el camino es otro y frenar este disparate que repunta entre un modelo que caduca y otro que no termina de florecer. Los datos entre los jóvenes no invitan al optimismo en una división ideológica, de valores y comportamiento que abre una brecha cada vez más grande entre unas y otros.
El discurso no puede ser solo el de la protección, ni el entorno familiar o en el laboral, invirtamos los esfuerzos en la modificación de las conductas abusivas, la igualdad es un valor en el que se cree o no, en cada una de las pequeñas actuaciones diarias. He tenido excelentes compañeros de trabajo desde posiciones que en principio parecían menos activistas en este derecho, y los habituales tics machistas en aquellos que se hacían llamar socios. Necesitamos de todos, con valentía y generosidad en partes iguales, para frenar a los bárbaros y que no sea necesario conseguir heroínas a costa de sus vidas.
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