Opinión | SALIDA DE EMERGENCIA
Cuando las sombras son sueños
Leo que en las redes sociales se han producido ataques contra la escritora Irene Vallejo por su colaboración con Unicef y me pregunto por qué
Hay palabras que son tiernas porque nos llevan hasta lugares donde hemos sido felices o porque simplemente tienen el olor de las cosas hermosas. Higuera es una de ellas. No tiene nada de especial, pero sí un olor y una sombra que mis hermanas y yo burlábamos en los veranos de Oropesa, sin saber en aquel momento que así íbamos creciendo y así nos íbamos aferrando a cosas pequeñas que luego, al cabo de los años, inspiran calma y son delicadas. Leo que en las redes sociales se han producido ataques contra la escritora Irene Vallejo por su colaboración con Unicef y lo primero que me pregunto es por qué. ¿Por qué hacia Irene Vallejo? ¿Por qué? Ella, que guarda en su cuerpo toda la bondad y sabiduría y cuyas palabras nacen del estudio y de la vivencia y del dolor y, sobre todo, de un lugar donde solo unas pocas personas saben estar: generosidad, fragilidad, esperanza y lucha. Me lo pregunto, pero no encuentro respuesta y me da mucha rabia y pena, porque la envidia es el lugar más inhóspito del mundo y, sin embargo, lamentablemente, algunas personas no saben salir de esa casa oscura, sin ventanas, ni árboles, ni brotes de esperanza o vida. A Irene Vallejo solo se le pueden desear cosas buenas, porque es buena, además de sabia, porque vuela conociendo que la vida es delicada y tiene puertas difíciles de sortear y porque sabe que la suerte es caprichosa y a algunos les da la espalda y muchos de ellos son niños y niñas que nacen en países en guerra, en sitios donde el hambre campa a sus anchas y a los que nadie nombra porque son insignificantes.
El mundo no está lleno de Irenes Vallejo, ojalá fuera al contrario, y por eso cuando se tiran piedras contra alguien necesario la mancha es más dolorosa y persiste porque tiene el sello de la maldad. En aquella higuera que nos cobijaba de niñas no había ninguna sombra, lo comprendí años después y, sin embargo, nosotras nos encontrábamos a cobijo, confortadas, sin entender por qué mi abuela decía que la sombra de la higuera era tramposa. Yo pensaba que la vida era tramposa y por eso retaba a la abuela y a todas esas cosas que ella decía y yo no entendía y le hablaba de la bruma y de la higuera, hasta que un día por fin me dijo: «¿Podrás llevarme a tu higuera?». Le dije que sí y al llegar me dijo: «Es una hermosa higuera».
Los que hoy te atacan, Irene, nunca tuvieron una higuera ni un sueño de palabras que son el infinito y su junco. Esa es su tristeza.
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