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Opinión | OJO AVIZOR

‘Soft power’

Resulta difícil escapar a la percepción de que nos ha tocado maniobrar en una época donde, a nivel global, proliferan las actitudes autoritarias de toda índole. Se imponen las opiniones, las interpretaciones, las versiones. No se argumenta ni se escucha. Brilla lo unilateral, una firmeza mal entendida alimentada por esa polarización que envenena cada espacio de nuestra realidad. El negacionismo, con su inconsistente desprecio hacia la ciencia, solo es una muestra más de esta espiral hacia el absurdo.

El presidente Trump constituye también un buen ejemplo de esta corriente, sumo sacerdote de un boyante culto a la imposición que ignora la posibilidad de otras perspectivas. Ya no importan los matices. Avanza Mr. President con la determinación abusiva de un rompehielos, provocando más grietas que hallazgos de tierra firme, inmune a los efectos colaterales que sus decisiones –ocurrencias, al fin y al cabo– puedan provocar. Su único recurso es la advertencia, la amenaza. El hard power.

Con el rigor en horas bajas, con la capacidad adormecida de cuestionarse y cuestionar, nunca ha resultado tan fácil ejercer un tipo de manipulación burda que, contra todo pronóstico, funciona. Y, por eso mismo, el denominado «poder blando», que representa la alternativa de una influencia sutil a través de otras vías más constructivas como la cultura, supone hoy una luz en medio del páramo de hostilidad en que se ha convertido nuestro mundo. Todavía hay esperanza.

Soft power es una etiqueta que acuñó el politólogo norteamericano Joseph Nye al comienzo de los noventa para referirse a la capacidad de seducir que tiene un Estado a través de referencias pacíficas: modelos sociales, valores políticos...; es decir, a través de la admiración que despiertan determinadas fortalezas de un país. Hablamos de atraer, sin necesidad de presiones ni uso de la fuerza.

Una manifestación indiscutible de este poder blando es la creciente popularidad de los productos de entretenimiento procedentes de Corea del Sur. El Hallyu («ola coreana»), fenómeno que lleva tiempo expandiéndose y que se ha consolidado durante los últimos años gracias a circunstancias como la visibilidad que permiten las plataformas online, ha demostrado que se puede influir en el mundo sin necesidad de armas o coacciones. ¡Maravilla! En el caso concreto de Corea, su tremendo impacto actual se ha generado... a través de la cultura. Como lo oyen. Más allá de fenómenos puntuales como la viralización mundial de la canción Gangnam Style de Psy a mediados de 2012, que provocó un salto muy significativo en la atención internacional hacia Corea, de forma más progresiva hemos ido sucumbiendo al atractivo de un país que hasta hace no mucho suponía tan solo un destino exótico, desconocido salvo para los iniciados. Y lo hemos hecho hasta el punto de incorporar en nuestras sociedades –voluntariamente– buena parte de lo que ofrece; desde lo audiovisual (el anime, series como El juego del calamar y las películas –recordemos que Parásitos tuvo cinco nominaciones y ganó cuatro premios Oscar en 2020– tienen una gran repercusión y el K-drama –telenovelas coreanas– es ya un género en sí mismo), hasta la música (los grupos de K-pop despiertan pasiones y son seguidos por millones de fans, como ocurre con BTS o Blackp!nk). También la literatura aporta lo suyo (conviene recordar que el manga no solo viene de Japón, ya que entramos en el ámbito de los libros). Por no hablar de sectores económicos como la automoción y la cosmética (las famosas bb creams arrasan). Corea se ha ido convirtiendo, además, en un destino turístico relevante, e incluso su gastronomía empieza a tener una presencia sólida en nuestra hostelería.

Corea está de moda. El número de personas que se interesan por su idioma –cada año el país recibe decenas de miles de estudiantes extranjeros– también ha aumentado en España, un hecho que siempre constituye un indicador fiable del magnetismo que despierta una cultura. ¡Si hasta el diccionario Oxford lleva varios años incorporando términos coreanos en la lengua inglesa por su uso cotidiano!

En cualquier caso, su influencia en el plano internacional tiene repercusiones que van más allá de lo estrictamente económico. El hallyu alberga en su esencia una motivación conciliadora, la de compartir esa cultura con las demás naciones y fomentar el diálogo. Buena falta nos hace ese espíritu, hoy día.

Resulta alentador comprobar así que la cultura, en este contexto tan beligerante, no ha perdido su capacidad transformadora. Optemos siempre por el poder blando. Y no olvidemos tampoco que, si el fenómeno coreano es hoy una realidad, se debe en buena medida a la apuesta que hicieron sus gobiernos por la industria cultural (como sucedió con Suecia en torno a la música, por cierto; ¿a qué creen que se debió el repentino boom del pop sueco, con tantos grupos de primer nivel como Abba, Roxette, The Cardigans o Ace of Base?). Apostar por la cultura, en definitiva, sale rentable en muchos aspectos. El que siembra recoge, como suele decirse.

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