Opinión

Zaragoza le dijo al mundo: "Soy, quiero y puedo"

Nunca pensé que un proyecto pudiera influir tanto en mi vida como político y persona. ¿Cómo nos atrevimos a pensar que una ciudad del tamaño y trayectoria de Zaragoza podía organizar un evento internacional de tal envergadura? Una quimera que debíamos confrontar con muchas otras ciudades, que al final se redujeron a dos, Trieste y Tesalónica. Todas pretendíamos un mismo fin: ganar prestigio y fondos para acometer reformas decisivas largo tiempo esperadas. Hicimos bueno el aserto de Cocteau: "No sabíamos que era imposible, por eso lo hicimos".

Nuestra Expo supuso sustituir la lógica de la confrontación partidista por la unidad de todos los partidos con el objetivo de recuperar los ríos y cauces fluviales para la ciudad. El Padre Ebro sería nuestra calle mayor y serviría para recuperar el casco histórico e impulsar el urbanismo ecológico. Fuimos avanzando en apoyos internacionales.

Los 90 países que formaban el Bureau International des Expositions debían elegir una de las tres ciudades candidatas. La griega pronto perdió protagonismo frente a la italiana impulsada personalmente por Berlusconi, iniciándose así una batalla entre Trieste y Zaragoza. Decisiva fue la recepción que los zaragozanos hicieron a la comitiva de delegados del BIE, cuando miles de voluntarios entusiastas llenaron la plaza de toros. ¡Zaragoza iba muy en serio!

Con los votos de Latinoamérica, el Caricom, China y los Países Árabes ganamos en París. Emocionante fue la fiesta en Zaragoza a nuestra llegada, pero pronto asumimos con preocupación que sólo tendríamos tres años para rehacer las riberas, 22 puentes y pasarelas, el puente de Zaha Hadid, el del Tercer Milenio, la pasarela de Manterola, la ampliación del aeropuerto, los nuevos parques urbanos, el Parque del Agua y mucho más. Después, el paisaje había cambiado para siempre, pero también el espíritu de una Zaragoza que se atrevió a decirle al mundo: soy, quiero y puedo.

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