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Opinión | Editorial

Aragón de hoy y de mañana, pero de todos

Aragón tiene hoy una nueva cita, como cada 23 de abril, con el espejo en el que mirar cómo se parece al que siempre ha defendido ser, cuánto se está alejando de esa imagen y qué puede hacer para transitar por la senda en la que sentirse más identificado consigo mismo. Hay síntomas que indican que queda todavía mucho por corregir, pero algunas de esas claves las tiene en sus propias manos, otras no, pero son numerosos los desafíos que tiene ante sí a los que dar respuesta. EL PERIÓDICO DE ARAGÓN ha analizado lo que han significado los últimos 25 años de esa transformación constante que ha supuesto adentrarse en el siglo XXI y cuántas cosas han cambiado desde el año 2000.

Para ello ha reunido a los cuatro presidentes que ha tenido la comunidad en este cuarto de siglo. El actual, Jorge Azcón, su antecesor, Javier Lambán, y los dos anteriores, Luisa Fernanda Rudi y Marcelino Iglesias. PSOE y PP, PP y PSOE han manejado el timón de una tierra que siempre se ha distinguido por alcanzar grandes pactos y consensos, algo que hoy echa en falta para sacar adelante un presupuesto en tiempo y forma. La comunidad no es inmune a el escenario de polarización política que sufre España, ni al contagio generalizado de la toxicidad del populismo como ingrediente principal de partidos emergentes que aspiran a desbancar a las grandes formaciones y que exprimen cada oportunidad de ser decisivos para el día a día de los aragoneses.

Y todo esto sucede en un momento inmejorable en lo económico, con inversiones milmillonarias desembarcando en el territorio y con los mimbres necesarios para tejer la prosperidad mande quien mande en el Pignatelli. En la charla mantenida por el periódico con los cuatro presidentes de Aragón ya se apunta alguna clave para evitar palos en las ruedas, como la de apostar por una gran coalición como antídoto a la extrema derecha. Quizá esta sea la única receta con la que todavía no han probado suerte y que ayudaría a lograr un Aragón mejor. En Europa haya ejemplos ya en los que mirarse.

El Día de Aragón es un momento de orgullo y autoestima para los aragoneses, y aunque la reivindicación siempre ha estado presente, esta siempre ha estado relacionada con la autocrítica, no caer en la autocomplacencia y seguir apostando por los valores y fortalezas que le distinguen y realzan. No obstante, ese protagonismo se lo está llevando la comparación con otras comunidades, generalmente Cataluña, y para rescatar esa imagen de ciudadanos de primera frente a ciudadanos de segunda en la que tradicionalmente se le incluye en el grupo de damnificados.

Esa confrontación permanente con el Gobierno central es la que sostiene la tensión latente entre dos administraciones llamadas que deberían entenderse en cuestiones troncales como el sistema de financiación autonómica o en asuntos como la acogida de migrantes. El Estatuto de Autonomía es el mínimo común denominador que ha de regir los derechos y obligaciones de un territorio que tiene motivos de sobra que sentirse orgulloso de sí mismo, para creer en sus posibilidades, y que ha conseguido más logros con la unidad y los pactos que en los tribunales y con la bronca. Es ese valor el que al final le acercará a esa imagen fiel que buscar en el espejo de cada 23 de abril.  

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