Opinión | Ojo avizor

Escritor
El territorio de lo imposible
Este pasado fin de semana me hizo mucha ilusión ejercer de pregonero en la primera edición de la nueva etapa de la Feria del Libro de Sabiñánigo, una feria que se inauguraba bajo el título de Utopías: literatura de lo imposible. Puede parecer que semejante etiqueta, muy sugerente, se refiere solo a esos volúmenes concretos que aluden o recrean mundos ideales frente a nuestra realidad imperfecta (y a menudo más anodina de lo que quisiéramos) o a universos fantásticos. Frente a ella, por tanto, habría una literatura de lo posible.
Sin embargo, cuanto más lo pensaba mientras preparaba mi intervención días antes, más me incliné a concluir que, de hecho, quizá no haya más literatura que la que conduce a lo inalcanzable. Dicho de otro modo: no puede existir la literatura de lo posible. Desde la convicción de que la lectura nos permite vivir otras vidas, hemos de aceptar que a través de las páginas nos sumergimos en paisajes que no pertenecen a nuestro mundo. Puede servir la lectura, en tal caso, de huida (¿quién no lo ha necesitado alguna vez?), una evasión nunca definitiva porque la realidad aguarda siempre, brota de improviso cuando cerramos el libro al modo de un despertar. Sí, el acto abrupto de interrumpir una lectura tiene algo de retorno a nuestra realidad. En efecto, si bien la literatura puede suponer en ciertas ocasiones una tregua en medio de circunstancias hostiles –incluso como terapia–, un respiro, una vía de escape, yo prefiero ver en su naturaleza una exquisita alternativa de exploración.
Es el lector, en esencia, un alma curiosa que no se resigna a vivir solo su propia vida, y es ese inconformismo, ese apetito por conocer, por comprender el mundo y a sí mismo, lo que le impulsa a navegar entre las páginas rumbo a destinos a menudo inciertos. Toda novela, por ejemplo, es misteriosa hasta que nos adentramos en ella. Elegir un título tiene mucho de apuesta. No hay horizonte más prometedor que el que ofrece un libro.
Pero volvamos al territorio de la imposibilidad: la lectura permite cubrir la mayor distancia concebible: asomarse a otra vida, a una existencia diferente. No cabe un viaje más ambicioso. Uno puede perderse sin dar un solo paso, apenas bastan unas líneas para quedar fuera del mundo. En eso consiste el fenómeno mágico de la lectura. Definitivamente, todo territorio literario es, en ese sentido, una región imposible, porque te arranca de tu vida para llevarte a otra. Te arrastra. Por eso los lectores, en nuestra condición de espíritus insatisfechos, somos exploradores, incluso aunque el escenario de la historia contenida en el papel nos resulte familiar. Quizá sea el mismo paisaje, el mismo escenario que recorremos cada día, pero no la misma perspectiva.
Si me detengo en otros lenguajes empleados para la narración como el cine, me encuentro con esa misma capacidad de provocar la desconexión con la realidad, algo especialmente valioso en una época tan frenética y extenuante como la actual. Necesitamos, yo diría incluso que por salud mental, la naturaleza de tregua que supone disfrutar de la experiencia cultural. Por eso mismo defiendo en ella –teatro, cine, literatura...– la exigencia de que apartemos a un lado el móvil y nuestras preocupaciones. Son actividades que requieren concentración, olvidarse de lo propio. Con los libros quizá resulta más evidente, pero reivindico la misma exigencia con las demás. Ahora que se pueden ver películas y series desde casa, se diluye la auténtica experiencia como espectador. La tentación de alargar el brazo y echar una ojeada a la pantalla del teléfono nos impide ese pacto y se rompe la magia. El viaje al territorio de lo imposible solo se materializa si nos apartamos por completo de nuestra realidad.
En cualquier caso y volviendo al detonante de esta reflexión, es una gran noticia que se impulse la Feria del Libro en Sabiñánigo, toda una celebración que amplía sus límites. ¿Están todos preparados para iniciar una nueva travesía?, pregunté a los asistentes al final de mi intervención. «Les invito, entonces, a que se adentren con alma de exploradores entre las casetas, dispuestos a dejarse seducir por algún título que les permita iniciar un viaje inesperado».
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