Opinión | EL COMENTARIO
Un paseo por Malabo
Según una reciente encuesta, el 22% de los jóvenes españoles de entre 18 y 26 años (un 26% en el caso de los hombres) considera que, en determinadas circunstancias, un régimen autocrático es preferible a la democracia.
El dato resulta demoledor para aquellos que, aunque muy pequeños para sufrirla, nacimos durante la dictadura y conocimos un país que apenas comenzaba a desperezarse tras casi cuarenta años de parálisis, y en el que la democracia era entonces sinónimo de un futuro más justo; una luz que, aunque aún lejana, nos sacaba de una España que todavía olía a naftalina.
Es por eso que ver hoy cómo tantos jóvenes relativizan los logros conseguidos a partir de 1975, menospreciando lo que significa vivir en total libertad, solo puede entenderse como el reflejo de un fracaso colectivo. El fracaso, por supuesto, de un sistema educativo que ha dedicado más energías a formar consumidores que ciudadanos; pero también de quienes, como padres y madres, no hemos sabido transmitir el tremendo valor de algo que, por cotidiano, se ha dado por sentado.
Hace unas semanas tuve que pasar unos días por trabajo en Guinea Ecuatorial, un país que ha permanecido bajo un régimen autoritario desde su independencia de España en 1968. Durante el tiempo que pasé allí tuve la oportunidad de observar el impacto de una dictadura en sus ciudadanos. Un lugar en el que las elecciones son solo una excusa para legitimar al gobierno, en el que cualquier atisbo de oposición o protesta está duramente perseguido, y en el que una generación entera de jóvenes ecuatoguineanos sobrevive sin horizonte, pese a vivir en un país rico en petróleo y otros recursos naturales. Un potencial que contrasta obscenamente con la precariedad estructural en la que se encuentra, y en el que los cientos de fachadas y estructuras inacabadas de los edificios abandonados son la mejor metáfora de un país donde las promesas nunca terminan de cumplirse, y donde solo quienes orbitan alrededor de la familia Obiang pueden aspirar a una vida digna.
Esa visión fue la que me llevó de nuevo al punto de partida. A pensar en los jóvenes españoles que, desde la comodidad de una sociedad democrática, educados en la libertad, beneficiarios de derechos que nunca tuvieron que conquistar, miran con cierto desdén lo que tienen entre manos. Como si la democracia fuese simplemente una maquinaria ineficaz que da más problemas que soluciones, y no un sistema que admite mejoras, por supuesto, pero que garantiza precisamente aquello que en otros lugares es un lujo inalcanzable.
Lo más preocupante, sin embargo, es que las autocracias no siempre llegan de repente, ni se instalan de la noche a la mañana. A menudo se infiltran con sigilo, se normalizan mediante pequeños gestos casi imperceptibles, a través de leyes que no parecen alarmantes, o en discursos vacíos que solo apelan al orden y a la eficiencia, como si todo gobernante no quisiera eso. Lo estamos viendo en Estados Unidos, donde Donald Trump, con una agenda abiertamente autoritaria, continúa respaldado por buena parte de la población mientras los aranceles empiezan a perjudicar precisamente a quienes más los aplauden, y donde se ya se dan detenciones sin garantías legales para inmigrantes, ataques sistemáticos a universidades, medios y empresas que aplican políticas inclusivas, y se desmonta el Estado desde sus estructuras más básicas. Todo forma parte de un proceso en el que una democracia formal puede derivar, casi sin que nadie lo perciba a tiempo, en una autocracia efectiva.
Pensaba en todo esto mientras caminaba por las calles de Malabo y recordaba el dato con el que comenzaba este texto. Que uno de cada cuatro jóvenes españoles considere que un régimen autocrático puede ser deseable solo se entiende desde una preocupante combinación de desinformación, banalización de lo público e ignorancia política. Como sociedad, no hemos sabido transmitir el valor real de vivir en democracia, ni enseñar que disponer de instituciones fuertes, prensa independiente, elecciones libres o una justicia imparcial no es una obviedad, sino el fruto de conquistas costosas. Las urnas siguen siendo —aunque a veces lo olvidemos— mucho más que un trámite: son el último bastión frente al autoritarismo, la herramienta que nos protege cuando todo lo demás se tambalea. Por eso resulta urgente hacer frente al discurso de quienes, desde la comodidad de sus tribunas políticas, mediáticas o digitales, se dedican a erosionar la legitimidad de un sistema que, con todos sus defectos, sigue siendo el único capaz de garantizar la libertad, la justicia y la dignidad para todos.
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