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Opinión | Tercera página

José Ángel Bergua Amores

José Ángel Bergua Amores

Catedrático de Sociología de la Universidad de Zaragoza

El capitalismo emocional

Miguel Ferreira acaba de publicar un magnífico trabajo en el que presta atención a las bases emocionales del capitalismo. En general, por lo que respecta al agente dominante, el capital, su objetivo de obtener beneficio no puede cumplirse más que a base de un egoísmo cada vez menos disimulado, mientras que el catalizador emocional del trabajo no es sino el sufrimiento, en este caso compensado y desfigurado de distintos modos.

En el capitalismo keynesiano, por ejemplo, el sufrimiento era aceptado a cambio de la participación colectiva en un orden político que ofrecía compensaciones inmediatas, tales como la educación, la sanidad, la asistencia social, la negociación colectiva de las condiciones de trabajo, etc.

En la actualidad, con el capitalismo neoliberal, puesto que el individuo, sea cual sea el ámbito, es un emprendedor de sí mismo, cada cual deberá saber gestionar el sufrimiento que exige la obtención de los beneficios propios. Para lograrlo dispone de los dispositivos, técnicas y terapias que proporciona el lucrativo negocio del bienestar personal. El problema, si hacemos caso a Eva Illouz, es que tan dinámico mercado, como no puede ser de otro modo en el capitalismo, produce el sufrimiento que promete reparar.

En efecto, el «estilo terapéutico emocional», por ejemplo, aplicado desde el ámbito personal al laboral o al emprendedor, ha convertido las relaciones emocionales en un conjunto de objetos cognitivos que facilitan, cada uno, rigurosos análisis en términos de coste y beneficio. El resultado es paradójico, pues los mismos procedimientos que hoy hacen visible una emoción antaño ocultada y recluida en el invisible ámbito de lo íntimo, llevan también a racionalizarla hasta el extremo y, en consecuencia, a neutralizarla

En este lucrativo mercado emocional se inscribe también la «autoayuda», que realza el valor y la memoria del sufrimiento o del trauma y que tiene un carácter contagioso, pues desencadena una especie de democracia del dolor. Lo paradójico es que la misma narrativa que impulsa la autoayuda, como es también, necesariamente, un relato sobre calamidades, a la postre recrea una buena parte del sufrimiento que, se supone, alivia.

En definitiva, el abanico de subjetividades propio de nuestra época es producido por el negocio del bienestar emocional prometiendo librar al consumidor de un sufrimiento que el capitalismo en general no cesa de producir y que este mercado en particular no cesa de recrear.

Se trata de un principio homeopático similar, pero inverso, al de la vacuna. Si en este caso se introducen ciertas dosis de enfermedad para estimular la salud, en el marco del neoliberalismo se utilizan píldoras de bienestar que incrementan el nivel general de sufrimiento.

No es wellness. Es tanatocracia.

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