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Opinión

El reto de Europa (y de España) en América Latina

Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha puesto en marcha una agenda basada en la reorientación de las relaciones exteriores de EEUU y en el recorte de los fondos de cooperación, lo que ha supuesto su repliegue como actor relevante en América Latina. Debido a ello, muchas organizaciones que dependían de su financiación están abandonando territorios sensibles y dejando sin apoyo a cientos de miles de personas, con la consiguiente pérdida de servicios esenciales y el debilitamiento de redes de protección que contribuían a la estabilidad regional.

En lugares como Rumichaca, en la frontera entre Colombia y Ecuador, los efectos de los recortes son ya visibles: la retirada de las organizaciones internacionales deja sin cobertura una de las rutas migratorias más transitadas, afectada por dinámicas crónicas de violencia que van desde la trata al contrabando de armas o cualquier otra forma imaginable de economía criminal. A ello se suma el auge en el último año de la minería ilegal, convertida ya en la fuente principal de financiación de las redes delincuenciales, con beneficios multimillonarios que superan incluso a los del narcotráfico, lo que les permite operar con una capacidad de corrupción y coacción que desborda a ambos Estados.

El vacío institucional, que durante décadas fue suplido por los organismos financiados desde EEUU, está siendo aprovechado por nuevos actores con estrategias y objetivos muy distintos: China ha consolidado una presencia creciente en la región mediante la inversión directa en infraestructuras y sectores clave que aseguran su influencia a largo plazo en Latinoamérica. El estratégico Puerto de Chancay, en Perú, es solo un ejemplo de una apuesta que abarca infraestructuras, telecomunicaciones y recursos naturales.

Este nuevo escenario supone para Europa una oportunidad histórica. Con un modelo de cooperación basado en el respeto institucional, el desarrollo sostenible y la promoción de los derechos humanos, la Unión Europea puede ocupar el espacio vacante sin reproducir las dinámicas de control institucional que acompañó la presencia estadounidense en la región. Puede hacerlo desde su experiencia acumulada, su capital normativo y su vocación multilateral, apostando por alianzas estratégicas que prioricen la estabilidad y el crecimiento a largo plazo, sin condicionar el rumbo político de sus socios.

El reciente acuerdo con MERCOSUR es una muestra de esa voluntad de reforzar los lazos económicos y comerciales, pero resulta todavía insuficiente si no va acompañado de una mayor coherencia política, financiera y comunicativa. Europa no puede seguir confiando en que su modelo de desarrollo sea entendido sin explicarlo, sostenerlo y proyectarlo con claridad. Y para ello necesita apostar por una diplomacia basada en la cooperación que se construya con presencia y legitimidad sobre el terreno. Esto exige una mayor coordinación entre los Estados miembros, una agenda común más ambiciosa y la capacidad de actuar con rapidez y eficacia ante los cambiantes contextos regionales.

En esa estrategia, España tiene un papel determinante como uno de los actores clave ya consolidados en la cooperación con América Latina mediante una red firme de proyectos desarrollados por instituciones, ONGD y alianzas público-privadas. Pero puede ir más allá: por historia, por lengua y por afinidad cultural, tiene la capacidad de ser el gran catalizador europeo en la región, y debe aprovechar su posición en la UE para impulsar una visión compartida que sitúe a América Latina como prioridad estratégica de la acción exterior europea.

Porque lo que está en juego no es solo la proyección del Viejo Continente, sino la posibilidad real de articular un modelo alternativo de relaciones internacionales en un mundo cada vez más fragmentado. Mientras algunos actores se retiran o se encierran en lógicas de confrontación, Europa puede optar por el compromiso inteligente: estar donde se le necesita y contribuir, desde la cooperación, a un orden más justo, más equilibrado y más sostenible. América Latina, por su historia compartida, su dinamismo social y su riqueza en recursos humanos y naturales, no es solo un desafío: es una de las grandes oportunidades geopolíticas del presente. Convertirse en un referente allí no será sencillo, pero es una apuesta estratégica que Europa no puede dejar pasar. 

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