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Opinión

El final de todas las cosas

Habla Umbral en Mortal y Rosa, su mejor novela, del antropoide que vive en nosotros, el que «se va humanizando, se va civilizando, se torna filosófico y melancólico». Somos eso en realidad, un mono pelado que ha alzado la vista y ha comprendido que va a morir. Desde entonces hemos filosofado (toda filosofía es una meditación sobre la muerte, dice Platón) con nuestra muerte individual y con el final de los tiempos en general. Porque desde ese antropoide que se va civilizando el mundo empieza y acaba en él, en su especie. No hay mundo sin ser humano, el mundo es porque el humano lo posee.

Y ahora, de pronto, muchos tenemos la sensación de estar asistiendo al final de todas las cosas, a ese fin de los tiempos que tanto se ha temido y esperado. Habíamos especulado mucho sobre cómo sería este final, el apocalipsis (tanto la versión bíblica como el resto de versiones), y finalmente puede que sean unos inconscientes ávidos de sangre (de sangre ajena, se entiende, como ha sido siempre y siempre será) quienes acaben con la frágil y, sin embargo, prepotente especie humana.

He mirado, como hago siempre que tengo desazón, al mar. Está ahí, frente a la ventana (como dijo Neruda, «era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana»), y pareciera imposible que ante su calma, esa quietud que le da el leve viento de levante, nadie pueda tener ganas de guerra, de muerte y desolación. Ante su azul, ante su serenidad, deberíamos dedicar los días y acaso también las noches a escribir hexámetros que cantasen la gloria de algún héroe antiguo, de modo que las batallas existiesen solo en los versos de un viejo poeta ciego.

Pero parece que no va a ser posible. De tanto en tanto, los seres humanos parecemos sentir la irremediable tentación de arrojar al abismo la paz y emprender el camino de nuestra propia destrucción. Estamos en los preámbulos de otra gran guerra, dicen algunos expertos, y uno, que no es experto en nada excepto en detectar los más sutiles cambios en la piel del agua, siente sin duda que son tiempos difíciles, que en el aire se respira la violencia y que no se va a disolver como la niebla, sin dejar rastro.

Un viejo proverbio chino dice que ojalá los dioses te regalen vivir tiempos difíciles. Yo hubiera preferido un regalo menos divino y más pausado, terminar de hacerme viejo contando las olas que llegan a la orilla y observando cómo los niños, incansables y absortos, quieren meter el mar entero en un cubito, que es el modo supremo de civilización.

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