Opinión
De la ‘kiss cam’ al escrutinio global
El 16 de julio, 60.000 personas vibraban en el estadio Gillette de Boston durante un concierto de Coldplay. En un momento del show, la clásica kiss cam empezó a recorrer las gradas de forma aleatoria: sonrisas, bailes improvisados, besos espontáneos... Salir en la pantalla gigante, entre decenas de miles, se puede sentir como ganar una lotería emocional. Sin embargo, al enfocar a una pareja especialmente acaramelada, la magia se rompe: ambos se cubren la cara y esquivan el foco. Desde el escenario, Chris Martin no puede evitar comentar entre risas: «Eh, mirad a esos dos... o son muy tímidos, o están teniendo una aventura. ¡Esperamos no haberos metido en un lío!». ¿Quién dijo que ganar la lotería siempre es buena noticia?
Si Byron y su amante hubieran reaccionado con más naturalidad, el riesgo de ser descubiertos se habría quedado en la posibilidad de que alguno de los 60.000 asistentes los hubiera delatado. Posible, pero quizá improbable -el matrimonio vivía en Nueva York-. Sin embargo, su reacción los viralizó en internet.
Los protagonistas, Andy Byron, CEO de la tecnológica Astronomer, y su vicepresidenta de recursos humanos se han convertido en el foco de un debate viral sobre privacidad y moral en los últimos días. En un mundo donde la tecnología cada vez conquista más parcelas, ¿acaso ya no somos libres ni para cometer infidelidades en nuestro tiempo libre o, por el contrario, el miedo a ser descubiertos nos obligará a «portarnos mejor» en el futuro?
En un lado del debate, están los aspectos del consentimiento. Si estás en un sitio público puedes ser grabado. Cada vez que estoy delante de un monumento posando para las fotos familiares siento cierto escalofrío pensando en las personas que nos llevamos a nuestra casa, y las casas a las que nos estarán llevando a nosotros... Muchos dirán que en un mundo donde se busca la máxima y continua exposición de nuestra imagen no ven el problema. A fin de cuentas, habíamos dicho que salir en la kiss cam es ganar una lotería emocional, ¿no? Como mucho, el problema puede estar en si alguna listilla que sale en el 'Blu-Ray' del concierto durante 2 segundos demande por derechos de imagen, ¡por favor!
Por eso, para mayor seguridad, cada vez son más los eventos que incluyen en la letra pequeña de la entrada el consentimiento implícito a salir en fotos y grabaciones. Y si no quieres aceptar, pues no entres, como me dijeron a mí el año pasado en Orlando cuando me negaba a que un parque temático recogiera las huellas dactilares de mis hijas. Eso, para otro día. El día que a Ticketmaster se le ocurra que también puede cobrar en sus entradas por estar en la zona «sin grabación o kiss cam free», significará como sociedad que hemos llegado a apreciar nuestra privacidad de verdad. Pero sobre los algoritmos de venta de entradas, también, para otro día.
Esta tensión entre visibilidad y control no es ni nueva ni exclusiva de un estadio en Boston o un parque en Florida. Dinamarca, por ejemplo, está impulsando una propuesta que podría ver la luz en 2026, para proteger la imagen personal bajo derechos de autor (copyright), lo que permitiría a cualquier ciudadano exigir compensación si su imagen se usa o se difunde sin permiso, incluso en espacios públicos. Ya en 2024, el estado de Tennessee en Estados Unidos, aprobó la Elvis Act en el contexto de los deepfakes, para proteger la voz e imagen de los artistas contra su uso sin consentimiento por parte de modelos generativos. Estas iniciativas no apuntan contra la tecnología, sino que se preguntan quién debe tener el control sobre lo que se ve, se graba y se comparte.
En el lado moral, me quedo con eso que decían nuestras abuelas de «lo único que no se sabe, es lo que no se hace». Y eso que entonces no había cámaras por todas partes. No había ni ordenadores. El caso es que, para Byron, las repercusiones han sido también profesionales y tras la presión que ha recibido Astronomer por parte de sus inversores ha acabado dimitiendo. Al parecer, los líderes deben dar ejemplo siempre, y no sólo en la oficina. Resumiendo, que no vivimos en la serie de Severance, donde los protagonistas tienen el cerebro separado en dos mitades totalmente desconectadas, una para lo personal y otra para lo profesional, lo cual genera personalidades con valores diferentes. Distopía total, ¿verdad? Tan absurda como cuando alguien escribe en su perfil de redes sociales, justo debajo de su cargo directivo: «Las opiniones aquí vertidas son mías y no representan a mi empresa».
Para mí el verdadero debate -y la llamada de atención- no está en ninguno de los juicios morales anteriores, sino en lo que se revela: todavía no somos del todo conscientes del impacto que la tecnología tiene sobre nuestras vidas. Y el resultado es doble. Por un lado, seguimos sin aprovechar todo su potencial transformador más allá de lo anecdótico, como ya he escrito en esta columna. Por otro, como en este caso, nos sigue sorprendiendo su capacidad de reescribir las reglas.
La tecnología no espía, amplifica. A Byron no lo traicionó una cámara maliciosa, sino su propia suposición de que lo público seguía siendo discreto. Su error fue ignorar -o no entender- que los 60.000 extraños con los que compartía coartada estaban conectados a Internet. Y le podría haber pasado a cualquiera de los otros 60.000, pero le pasó a él. Porque por mucho que pasemos horas pegados a nuestros smartphones, llenemos nuestras casas de objetos inteligentes y conversemos más con chatGPT que con nuestros compañeros de trabajo, en muchos aspectos seguimos actuando como analfabetos digitales, aunque creamos lo contrario.
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