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Opinión | el comentario

El conde de Aranda y la independencia de los Estados Unidos

De alguna manera, en los años convulsos de la guerra de las Trece Colonias norteamericanas con Inglaterra (1775-1783), el papel del conde de Aranda se antoja decisivo; no en vano la misma empezaría y terminaría siendo embajador en París, y en su labor diplomática siempre un denominador común: la salvaguarda de los intereses de la Corona de España. Y estos pasaban por debilitar a Inglaterra y librar de cualquier contingencia a las posesiones de España en Ultramar. Ya al poco de firmarse el Tratado de Paz de Versalles, el 3 de septiembre de 1783, Aranda escribiría a Carlos III en estos términos: «He firmado, en cumplimiento de las órdenes y poderes que me ha dado V.M., un tratado de paz con Inglaterra: en él ha quedado reconocida la independencia de las colonias inglesas, lo cual es para mí un motivo de pesadumbre y recelo…». Inglaterra había sido derrotada y las Trece Colonias habían conseguido su independencia, ambos hechos coincidentes con el posicionamiento de España. ¿Qué atemorizaba, pues, a Aranda...?

En un principio, iniciado el pleito secesionista en América, el discernimiento de la situación no resultaría fácil para la política de España y, por ende, para el embajador aragonés que se balanceaba entre el doble prisma de la situación. Por una parte, la pujanza británica a la que interesaba aminorar; pues ya dominaba los mares y a la que todavía no se había podido desposeer ni de Menorca ni de Gibraltar (fracasado el Tercer Pacto de Familia franco-español de 1761). Y por otra, alinearse con los insurgentes, si estos triunfaban, era un espejo donde mirarse las provincias de la América española. Por lo que una labor de mediación pareció la mejor opción inicial, aunque los proyectos militares contra los ingleses se pondrían muy pronto sobre la mesa (Aranda, atacar Irlanda, o Grimaldi, conquistar Portugal, Menorca y Gibraltar).

Sin embargo, el pacto de Francia con las colonias americanas sin previa consulta con España, precipitó la beligerancia española. Y el 12 de abril de 1779 se firmó, con secretismo, la Convención de Aranjuez junto a Francia. Aranda, por su gran visión de estadista, sabía que la batalla de Long Island (27 de agosto de 1776) y victoriosa para los colonos, declinaría la victoria final de los rebeldes, los cuales ya se habían autoproclamado independientes en Filadelfia. Aranda, así lo hacía saber ese mismo año: «España con sus colonias va a quedar sola, mano a mano en aquel continente con una potencia que ya invoca el sagrado nombre de América y que duplica cada 25 años sus habitantes. Para la conservación de sus posesiones interesa a España el asegurarse (la amistad) por medio de un tratado solemne...».

En el Plan de Gobierno para el Príncipe que el futuro rey Carlos IV le encarga en 1781, Aranda ya le constata el alto riesgo de revolución en la América española. Pues al ejemplo, a la vista de todos, de la insurrección norteamericana está igualmente la desorganización administrativa y militar de Ultramar, que pocos o nadie ve: jueces poco experimentados y oficiales pretendientes (Las Indias es el destino de los inútiles, escribía). Además, subrayaba que a los indígenas que vienen a España se les trata como a indianos, se van enojados y son el germen de una futura rebelión.

Ya reconocida la nueva nación, Aranda explícita sus temores a Carlos III, pues, era su manifiesto: «Llegará un día en que la resurgida nación, crezca y se torne gigante y aun coloso terrible en aquellas regiones…». Y en este sentido Aranda, al hilo de buen visionario, aconseja al rey que solamente se reserve en tutela directa algunas islas como Cuba y Puerto Rico, a modo de escalas comerciales, y que para lo demás coloque a tres infantes: uno como rey de México, otro del Perú y el tercero de Costa-Firme, y que él adopte el título de emperador. Cimentándose el futuro con alianzas matrimoniales de uno y del otro lado.

Palabras clarividentes al rey, que dichas en 1783 otorgan a Aranda una alumbrada significancia, la de percibir el grosor de una futura y floreciente potencia: los Estados Unidos de América del Norte.

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