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Opinión

Un verano en pausa (no intenten hacer esto en su casa)

Este verano he hecho un experimento que podría considerarse casi temerario: he dejado el móvil en casa durante dos días seguidos. Sin cobertura. Sin agenda. Sin GPS. A pelo. Una especie de acto radical que en otra época habría pasado por normal, pero que hoy se considera casi una insensatez. ¿Quién se atreve hoy a desaparecer del mapa sin avisar? ¿Quién desconecta de verdad, sin un mensaje de «cualquier cosa, me escribes»? Y, sin embargo, ocurrió algo extraordinario: no pasó nada. No se hundió el mundo, no ardió ninguna red social, no se desplomaron las acciones de ninguna empresa por mi silencio digital. Nadie montó un gabinete de crisis por mi ausencia. Entiéndase el tono satírico y jocoso de la cuestión.

El caso es que solo pasaron cosas pequeñas, esas que no se postean y que, precisamente por eso, te llenan de verdad: vi a mis hijos dormir la siesta con la boca entreabierta y los mofletes colorados; escuché las cigarras en mitad del campo sin prisa por callarlas; me aburrí -¡me aburrí!, algo recomendable para todo el mundo- y escribí a mano, en una libreta olvidada, ideas sueltas sobre la vida que quiero vivir y la que no quiero repetir. También he estado haciendo ejercicio diariamente. Incluso he vuelto a hacer pequeños dibujos, como cuando era crío y me sentaba horas y horas en la finca de mis tíos en Alicante junto a mi primo Dani, armados con un estuche de rotuladores y mucha imaginación. Dibujar por dibujar. Escribir sin obligación. Respirar sin reloj. De alguna manera, aquel gesto infantil –recuperar lo que me hacía bien sin preguntarme si servía para algo– fue lo más adulto que hice en todo el verano. Volver a dedicarme tiempo.

Y es que durante el año, todo es inercia. La agenda, el reloj, las tareas que se amontonan. Vivimos en piloto automático, sobreviviendo a listas de cosas por hacer que crecen como una mala hierba. Pero el verano, si lo dejas, te devuelve una versión más pausada de ti mismo. Una versión que no corre, que no compite, que no rinde cuentas. El otro día, un amigo me decía que en esta época del año, por mucho que hagas, «es otra cosa». Y es verdad. Todo tiene otra textura, otra densidad, más aún para los que somos de pueblo. Ese «tiempo sin algoritmo» –libre de métricas, sin productividad medida en clics ni reuniones– es oro. No hay notificación que lo iguale. Porque en ese espacio de lentitud, de calma chicha, que es una mezcla de atención plena y despiste tremendo, ocurren las verdaderas reparaciones, las cosas que de verdad importan. No las urgencias, sino las esencias.

Desconectar no es solo apagar. Es reconectar con lo pequeño y entender que el descanso no se mide en días libres, sino en la capacidad de vaciarse por dentro, de dejar entrar lo nuevo, lo fresco, lo que no tiene objetivo. El verdadero éxito en la vida no tiene que ver con lo macro: eventos, proyectos, cifras, visibilidad. Lo que es realmente importante siempre ha sido micro: una sobremesa sin prisa, una carcajada espontánea, una charla que no se interrumpe con un «espera, que me llaman». Nos hemos envuelto tanto en lo macro, que hemos olvidado el valor de lo minúsculo. Y, sin embargo, es ahí donde ocurre la vida.

No sé si este verano estoy consiguiendo grandes cosas. No he escrito un libro, no he cerrado acuerdos brillantes, no he respondido a todos los correos pendientes. Pero estoy consiguiendo dormir mejor, reír más y estar sin hacer nada sin sentir culpa. Y eso, créanme, no es poco. Así que sí, les recomiendo hacer este experimento, aunque el título indique «no intenten hacer esto en sus casas». Quizás muchos ya lo hagan, y les admiro por ello. A mí me ha costado muchísimo.

No porque el gesto sea difícil –dejar el móvil en casa es simple–, sino porque uno se enfrenta a su propio miedo al vacío, a la desconexión, a no ser útil o visible por un rato. Pero vayan con cuidado, porque una vez que uno prueba el sabor de lo real, cuesta volver al envoltorio. Y cuidado con lo que descubren... podrían no querer volver a la prisa. Felices vacaciones de verano a los privilegiados que las tengan porque son necesarias, urgentes e importantes.

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