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Opinión | La columna

El camino y las alpargatas

Hace 6.000 años que las alpargatas salieron de nuestras manos para andar con nuestros pies. No pisar directamente el suelo da ventaja para andar. La suela de una alpargata da cuerda para caminar. Si lo permite el clima son universales, pero en muchos lugares del sur de Europa consideran que tienen una alpargata propia, lo que las hace una cosa folk. Todo es de tu pueblo hasta que alguien descubre lo mismo en otro pueblo y eso, con el paso del tiempo, ha producido, por un lado, una estandarización y, en sentido contrario, una seña de identidad. Unes etnografía y política, lo llevas al mercado y da dinero.

Este calzado hidrófobo, de mírame y no me mojes, cruzó el charco y llegó a América, donde había muchos descalzos. La alpargata fue quedando como calzado de pobres, de trabajadores, primero de campesinos y después de obreros. Pedía una revolución o una reforma agraria para alcanzar un mundo mejor, pero no las tuvo y desde mediados del siglo XX las alpargatas han pasado a trabajar en el sector servicios, en el turismo de verano. En los años 40, a los pies de Lauren Bacall y Rita Hayworth, se volvieron objetos de deseo para descansar al sol y sólo siguieron trabajando en los años sesenta en los pies de Gaston Lagaffe (Gastón o Tomás el gafe), el conserje del tebeo belga Spirou al que Ibáñez le debe El botones Sacarino.

En la pijotización de la espardeña influyó mucho esa contradicción en los términos que es la alpargata de cuña que añade tacón al calzado trabajador y trabaja desde abajo para subir el culo. Esa es su revolución en el sector terciario.

Ahora los nuevos materiales y textiles inteligentes en los pies permiten nuevas sandalias y zapatillas deportivas y para competir a ras de suelo con ellas las alpargatas se ponen de todos los colores y cambian su dignidad de pobre por la de sostenible y ecológica. Son el objeto que dejó de trabajar y pasó al ocio, como soñaban algunos en los años 70 y 80 para toda la sociedad, entre ellos Luis Racionero. Ya no son baratas, pero puede que vuelvan a calzar a los pobres que se queden de patitas en la calle merced a la inteligencia artificial.

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