Opinión
Sustancias volátiles
Cada uno lleva en su respiración una firma química y espiritual que estampa sobre aquellos que se atraviesan en su vida

Archivo - Tren de Metro de Madrid. / COMUNIDAD DE MADRID - Archivo
Con frecuencia, el metro va lleno de personas que existen, de otro modo no estarían allí, rodeándome, agobiándome, respirando mi aliento como yo aspiro el suyo. De pronto, una desconocida tose y me trago toda su historia clínica, quizá también sus remordimientos por no haber dejado de fumar. Volvemos a casa con una muestra gratis de los demás en nuestro torrente sanguíneo. Cuando el tren va lleno, voy dejando fragmentos invisibles de mí en los pulmones ajenos al modo de un préstamo que no reclamaré. Por la noche, en la cama, pienso en barrios lejanos habitados por gente con la que coincidí por la mañana y en cuyos órganos internos aún hay rastros de las sustancias volátiles que mi cuerpo liberó en cantidades ínfimas a través de la boca: acetona, etanol, isopreno, metanol, saliva…; subproductos del metabolismo que varían dependiendo de lo que comí o de mi estado de ánimo. Cada uno lleva en su respiración una firma química y espiritual que estampa sobre aquellos que se atraviesan en su vida.
Pero me gusta pensar más en las personas que no existen y que también viajan con nosotros. Lo inexistente ocupa poco espacio físico, pero mucho territorio mental. A veces, con el vagón a tope, aparece milagrosamente un asiento vacío que todo el mundo evita. Podría contener, se me ocurre, la sombra de alguien que se bajó hace años, pero cuyo eco corporal quedó de algún modo pegado al plástico. Hay días en los que el tren parece un archivo de ausencias. Veo a un hombre leyendo un libro con la concentración de quien intenta escapar de su vida, y detrás de él, como un reflejo, percibo a la familia que no lo esperará esta noche. Los no existentes se parecen un poco a los distraídos: comparten esa misma transparencia que proporciona la costumbre de no estar del todo allá donde se está. Los inexistentes viajan con nosotros para recordarnos que podríamos ser uno de ellos, es decir, la versión de nosotros mismos que decidió bajarse una parada antes. Todos mis “yoes” posibles se agolpan de repente reclamando un destino.
Cuando salgo del subterráneo y subo las escaleras mecánicas, me cruzo con una mujer que me sonríe como si nos conociéramos. Por un instante dudo si es de las que existen o de las que no y continúo andando hacia donde me lleven mis zapatos ese día.
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