Opinión
La desmemoria del emérito
Juan Carlos I ha contado su vida en Reconciliación, unas memorias de 500 páginas que ya han salido a la venta en Francia. La publicación en España está prevista para el 3 de diciembre. El relato del emérito podría haber sido un ejercicio de introspección tardía, una oportunidad para ofrecer a los españoles un ejemplo de transparencia. Por el contrario, la autobiografía es una larga defensa de su trayectoria, salpicada de reproches, olvidos y una inexcusable ligereza moral. La reconciliación es solo consigo mismo.
El tono general de la obra es el de una persona que se siente víctima de un malentendido. Hasta el límite de dolerse por haber sido «abandonado» y ser «el único español que no cobra pensión después de casi 40 años de servicio». Que el lamento se pronuncie desde una mansión en Abu Dabi valorada en 11 millones y situada en la paradisíaca isla de Nurai suena a burla. Juan Carlos muestra su soledad, pero no las causas que la provocaron. Habla del dinero con una indulgencia ofensiva: un «regalo» de Arabia Saudí que no supo rechazar. El mismo rey que un día pidió perdón por una cacería en Botsuana en plena crisis económica –«lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir»– sigue sin saber medir el alcance simbólico de sus actos, desconectado de la realidad.
Es aún más lamentable la indulgencia con la que evoca a Francisco Franco. Puede entenderse que sienta agradecimiento personal por el hombre que le designó como sucesor a título de rey, pero sus alabanzas públicas resultan especialmente inapropiadas cuando la ultraderecha pretende rehabilitar el legado del dictador y socavar la democracia. Juan Carlos I no oculta su admiración por Franco: «Le respetaba enormemente», declara, «nunca dejé que nadie lo criticara delante de mí». Esas palabras, en boca de quien encarnó la monarquía parlamentaria, suenan a desmemoria histórica.
No hay en las páginas del libro un esfuerzo real por comprender el daño que sus escándalos causaron ni la decepción que sembró en tantos que habían depositado en él su confianza y admiración. Tampoco hay un análisis sincero del daño que su actuación pudo hacer a la institución que representó durante casi cuatro décadas. Juan Carlos reivindica su papel fundamental en la gestación de la democracia, pero olvida que la transparencia, la rendición de cuentas y la ejemplaridad también son exigencias democráticas.
En las memorias del emérito hay espacio para los reproches hacia su hijo y la reina Letizia. Queda la duda de si su publicación va a perjudicar a la Corona, aunque es posible que el contraste entre su actitud y la del actual monarca acabe beneficiando a Felipe VI. Frente a las veleidades del padre, la moderación y sobriedad del hijo; frente a la falta de transparencia, la voluntad de regeneración.
Invocar la Transición no basta para arrojar luz sobre las sombras. Para una verdadera reconciliación se precisa sinceridad, autocrítica, asunción de responsabilidades, escucha y arrepentimiento. El libro del emérito tiene más de monólogo complaciente que de voluntad de diálogo. Una oportunidad perdida con la ciudadanía y con la historia. Un gesto insuficiente que llega tarde y que ya muy pocos reclamaban.
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