Opinión | COSAS QUE PASAN
No lo soporto más
No soporto su mediocridad. Escondido tras las faldas de una mujer el día de la tragedia. No soporto que nos tome el pelo, a todos los que esperamos que caiga de una vez y se largue bien lejos de la zona embarrada, haciendo coincidir su anuncio de dimisión con la llegada de Maribel Vilaplana a los juzgados de Catarroja para declarar ante la jueza, sin aportar el tique del parking. «No dispongo de él», dijo con toda su caradura la rubia (antes morena) comensal, agendada o no por el president para una larga y entretenida comida de trabajo y sobremesa; la misma tarde de la trágica riada que dejó 229 muertos en la provincia de Valencia. El miedo, el pavor, el temor a que la comunicadora pudiera decir algo comprometido, le hizo dar el paso de dimitir al mismo tiempo que ella iba a declarar al juzgado. Con el permiso de Núñez Feijó, quien por fin le quitó el bozal que llevaba arrastrando durante un año bochornoso. Pero eso sí, no devuelve el acta de diputado de las Cortes valencianas, con lo que disfrutará de su aforamiento y de un buen sueldo. Su presencia como diputado humilla a las víctimas de una forma vergonzosa. La institución debería exigirle el acta de diputado y que se largue a su casa. Su presencia es un insulto a los ciudadanos y enfanga todavía más política.
«¡Ya no puedo más!», empezó escupiendo al micrófono el personaje que se va, pero se queda... Y a partir de ahí enlazó como pudo -la oratoria no es lo suyo- una intervención intolerable salpicando de mierda y de culpa al presidente del Gobierno al que llamó «mala persona», a la CH del Júcar, a la Aemet, a todos, menos a él, en una especie de parodia. Puro teatro. No se puede caer más bajo. Mazón es un cadáver político, pero quiere seguir cobrando un sueldo público sentado en su escaño cuando en la calle le siguen gritando «mentiroso, asesino, rata, ¡dónde te escondías, cobarde!». Ni siquiera tuvo la cortesía de referirse a las víctimas al comenzar a hablar.
No soporto su cobardía, ni verlo una y otra vez en televisión con su cara de cateto envuelto en su silencio culpable. Cada vez que aparece me recuerda a la caricatura de un cerdo. Porque en ese largo silencio está la clave de sus mentiras, de su ocultación de la verdad y de su desesperación. A partir de ahora se irá descubriendo los detalles, los porqués de tanto silencio durante un año. Los familiares de los fallecidos en la dana tienen derecho a saber qué hizo este señor durante las cinco horas clave de la riada, sin estar al mando. Los titulares de la prensa no le daban tregua: «Ocho versiones diferentes sobre las cinco horas clave», «El 112 recibió 36 llamadas por minuto mientras Mazón comía en el Ventorro», «Mazón desconectó 37 minutos tras llegar al parking con Vilaplana». ¿Por qué ese silencio cómplice entre los dos (Mazón y Vilaplana) en medio de la tragedia?
Según parece la periodista (actualmente asesora y portavoz del Club Deportivo Levante UD) cuando se enteró al llegar a su casa de lo que había pasado o estaba pasando llamó inmediatamente al presidente de la Generalitat valenciana para advertirle: «No me saques, porque me parece muy grave». Ese silencio culpable les delató. El miedo al que dirán, las sospechas ante el encuentro en un reservado de una taberna llamada el Ventorro, donde se supone que la televisión estaría apagada mientras se retrasmitían imágenes sobrecogedoras de la riada, y los teléfonos de ambos ¿conectados o desconectados? (de tanto que ha mentido Mazón no se sabe cuál es la última versión). Su cambio de ropa antes de personarse en el centro de emergencias. Todo parece un poco extraño para una cita de trabajo, ¿no?
Una se pregunta por qué la señora Vilaplana se escuda, en su carta pública, a que por ser mujer se la acosa, difama y se la persigue, dando a entender que su silencio obedece al hecho de ser mujer. «Si hubiera sido un hombre el que comiera con Mazón, estás cosas no pasarían». Pues mire usted, no conviene sacar las cosas de contexto. Hubiera pasado lo mismo. El sexo aquí no se discute. El problema está en los silencios de ambos ante la inundación y la gente que moría ahogada tragada por las aguas. ¿De qué coño se escondían durante cinco largas horas? ¿Por qué no miraron las llamadas a sus móviles? ¿Por qué siguieron a lo suyo como si nada? Resulta rara esa falta de curiosidad en un político y una periodista.
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