Opinión | LIBERTAD Y RESPETO
Debemos limpiar esta democracia
Decía Mafalda: «¡¡¡Paren el mundo, que me quiero bajar!!!». Y, sinceramente, a veces dan ganas de hacerlo. Vivimos un tiempo tan saturado de absurdos, contradicciones y ruido que cuesta enfrentarlo sin anestesia. He revisado, muy por encima, la historia del mundo para ver si encontraba algún tiempo al que poder equiparar este y, de esa forma, entender cómo lo habían solucionado. Los que nos precedieron. No he encontrado nada. Pero, claro, me he dado cuenta de que antaño la comunicación entre territorios era casi inexistente; por tanto, cada uno tenía su propia idiosincrasia y esta no afectaba al resto, así que los escenarios son muy diferentes.
¿Ha perdido valor la democracia? Tal vez no la democracia en sí, sino la forma en que la practicamos. No sé cuál es el camino por el que deseamos hacer transitar nuestra vida. La confusión es de tal calibre que a la libertad le hemos colocado un traje que ya no responde a su verdadero valor y la hemos convertido en un instrumento en defensa de intereses individuales; se ha solapado con el egoísmo.
Nosotros tenemos la fortuna de vivir en Europa, pero no somos conscientes de lo que esto realmente significa. Aglutinamos un espacio plano en experiencia y cultura, en el que hemos olvidado que el respeto por los demás es el mejor vehículo para una excelente convivencia. Visto este escenario, ¿cómo entendemos el problema que impide visualizar un futuro generacional comprometido? Creo que esto tiene antecedentes que nos conducen hacia una recta final.
Para comprenderlo, debemos hacer un breve repaso de los últimos tiempos. Las generaciones de principios del siglo XX vivieron una guerra civil. Son solo dos palabras, pero con un dramatismo terrible: matarse conciudadanos entre sí no tiene excusa alguna, pero así lo quisieron unos golpistas. Después de esto se tuvo que aceptar vivir bajo la bota de un dictador. Esto significaba que los retos del pueblo eran la pura supervivencia y conseguir que sus hijos tuvieran mejores condiciones de vida. La generación siguiente, la mía, creció intentando subir unos cuantos escalones más que nuestros padres y legar a los hijos una vida más digna, comprometiéndonos con ellos para intentar dar continuidad a ese proceso expansivo.
Lo que no tuvimos en cuenta fue que la evolución en el tiempo conlleva un significado de cambios en las medidas y, por tanto, ya no es posible evolucionar de la misma forma. La tecnología nos coloca frente a avances que permiten ambicionar modelos mejores de vida, pero también más costosos, porque el tiempo da paso a un ocio que antes no existía. Pero la responsabilidad del futuro no es nuestra: hicimos la parte que nos correspondía; ahora deben ser las nuevas generaciones quienes asuman su propio camino.
Es necesario que reconozcamos que hoy hemos dado mayor importancia a los temas materiales frente a los culturales, es decir, a los que conforman la base del pensamiento, para entender cómo el fundamento de nuestra existencia es conseguir una especie con total capacidad para la convivencia en armonía. Debemos entender que vivimos en un planeta que nos permite nuestra supervivencia y que debemos cuidarlo con toda responsabilidad, porque hay que dejarlo en las mejores condiciones posibles para las siguientes generaciones.
Estamos en un tiempo de democracia y parece que con esto ya lo hemos dicho todo. Pasar de un largo periodo de dictadura franquista a este nuevo modelo de sociedad parece que surgió de un automatismo, como si entrar en este nuevo tiempo fuese igual a accionar el interruptor que enciende la luz. Y no es así. Olvidar que Franco murió en la cama, que tuvo un funeral de Estado del máximo nivel y que al día siguiente este país era demócrata sin titubeos, es difícil de entender. Ningún dictador podría creer que iba a terminar sus días en su misma posición y que, además, le otorgasen una despedida popular y multitudinaria. Y ahora no me sirve lo clásico de que esto se producía por miedo a las consecuencias que el régimen podía aplicar a quienes se mantuviesen al margen: mucha parte de la población se había acomodado al sistema franquista y continuó siéndolo durante un tiempo; todavía queda un cierto número de ellos.
Pues afirmo que esto, así como es, conlleva cerrar un capítulo de la dictadura que eliminó derechos y libertades ciudadanas sin que la justicia aplicase todo su peso sobre los autores personales e institucionales. Esto genera una democracia incompleta, y de ahí se deriva la situación actual, con una ultraderecha eufórica y en crecimiento.
Limpiar la democracia no significa destruirla, sino sanarla: depurarla de cinismo, de corrupción y de manipulación. Debemos, como ciudadanos, conseguir que, a través de la cultura que se recoge en el aprendizaje sobre la memoria democrática, avancemos en respetar y garantizar la libertad junto con sus derechos y responsabilidades; de lo contrario, tendremos más dictadura.
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