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Opinión | tercera página

Un fantasma recorre Alemania

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Un fantasma recorre Alemania: obedece a las siglas AfD y se le sitúa en la ultraderecha populista. Alternative für Deutschland (Alternativa para Alemania) es la formación política a la que ninguno de los llamados "partidos democráticos" quiere juntarse.

Incluso algunos desde la izquierda han intentado su prohibición por los tribunales como ocurrió en los años cincuenta con el Partido Socialista del Reich, de ideología claramente nazi, y el Partido Comunista alemán.

AfD es un partido claramente xenófobo, aboga por la que llama "remigración" o retorno a sus países de origen de los inmigrantes no blancos, algo que ha terminado contagiando a otros grupos: por ejemplo, la CDU del canciller Friedrich Merz.

Este último provocó un gran escándalo político cuando expresó en el Parlamento, en nada equívoca alusión a la abundancia de inmigrantes de color en muchas ciudades del país su preocupación por ese "panorama urbano".

Los cristianodemócratas alemanes, y no solo ellos, se comportan como los partidos de derechas de otros países que, mientras hablan de establecer un muro de separación con la ultraderecha, asumen muchas veces su lenguaje en materia de inmigración.

El semanario Der Spiegel publica esta semana un reportaje con entrevistas a inmigrantes o hijos de inmigrantes de otros continentes que denuncian el rechazo que experimentan muchas veces en la calle o el trabajo por parte de los alemanes y se plantean incluso abandonar el país.

Sobre todo si gana las próximas elecciones AfD, que se muestra cada vez más fuerte en las encuestas, hasta el punto de superar en algunos länder a los partidos de la actual coalición: cristianodemócratas y socialdemócratas.

Y ese auge no se da sólo en los Estados federados del este del país, los de la antigua Alemania comunista, donde AfD siempre ha sido más fuerte, sino también en algunos de la parte occidental como Baden-Württemberg.

Pero si preocupa a los demócratas su clara ideología xenófoba, no inquietan menos en Berlín, y por supuesto también en Bruselas, sus críticas a la política de claro enfrentamiento con Rusia del resto de los partidos si se exceptúa a la Alianza Sahra Wagenknecht, de centro izquierda.

Sus máximos dirigentes, Alice Weidel y Tino Chrupalla, consideran la renuncia obligada al gas barato ruso una política suicida tanto desde el punto de vista de la industria alemana como de la sociedad en su conjunto y abogan por las negociaciones con Moscú para poner fin a la guerra de Ucrania.

Y no deja de ser significativo que sea precisamente en los länder del Este de Alemania, donde más experiencia tienen con los rusos, que fueron durante los años de la Guerra Fría allí la fuerza de ocupación, quienes menos animadversión parecen sentir hoy hacia la Rusia de Putin.

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