Opinión | el comentario
Cuando el rey venció a la ley
Hoy, 8 de noviembre, se cumplen más de cuatro siglos de uno de los episodios más decisivos y trágicos de la historia aragonesa: la salida de Juan de Lanuza V, Justicia de Aragón, al frente de unos dos mil hombres para hacer frente a las tropas del duque de Alba, enviadas por Felipe II. Aquel gesto, más simbólico que militar, marcó el principio del fin de las libertades del antiguo Reino de Aragón.
Pongamos en contexto, era otoño de 1591 y Aragón vivía una crisis profunda. Los fueros, esas leyes propias que protegían a los aragoneses frente a los abusos del poder, estaban en peligro. El detonante fue el caso de Antonio Pérez, antiguo secretario del rey, acusado de participar en el asesinato de Juan de Escobedo. Tras huir de la corte, Pérez se refugió en Aragón, donde las leyes locales le permitían acogerse al privilegio de manifestación, un derecho que impedía su detención directa por orden del monarca... pero Felipe II no estaba dispuesto a permitir que esto quedara así.
En mayo de 1591, los inquisidores intentaron trasladar a Pérez a la prisión de la Inquisición, en La Aljafería, vulnerando las leyes del reino. El pueblo, indignado, se amotinó y lo liberó por la fuerza. No fue solo una revuelta, fue la defensa de un principio que los aragoneses consideraban sagrado, que la ley estaba por encima de la voluntad del rey. Para Felipe II aquel desafío fue una ofensa imperdonable, ordenó al duque de Alba cargar con más de doce mil hombres. Frente a esa fuerza el Justicia solo logró reunir unos dos mil voluntarios, en su mayoría artesanos, campesinos y vecinos sin experiencia militar. Aun así decidió no rendirse, sabía que la derrota era casi segura pero quedarse de brazos cruzados significaba renunciar a siglos de libertad.
El 8 de noviembre de 1591 salió de Zaragoza rumbo a Utebo, decidido a plantar cara a las tropas reales. Aquel día quedó grabado en la memoria colectiva, la imagen del joven Justicia (27 años) avanzando con su pequeño ejército se convirtió en símbolo de dignidad y coraje frente al poder absoluto. No voy a mentir, la batalla fue breve, los aragoneses mal armados y sin formación no pudieron resistir el empuje del duque de Alba. La milicia se dispersó y Lanuza regresó a Zaragoza donde la moral del pueblo se hundía. Cuatro días después, el ejército real entró en la ciudad sin apenas resistencia, la rebelión había terminado.
La represión fue ejemplar. Antonio Pérez logró escapar a Francia disfrazado, sin embargo Lanuza no corrió con la misma suerte ya que fue acusado de traición y condenado a muerte. El 20 de diciembre fue decapitado en la plaza del Mercado y su cabeza quedó expuesta. Con su muerte, Felipe II puso fin al pacto foral. En las Cortes de Tarazona del año siguiente el Justicia pasó a ser elegido por la Corona, la Diputación perdió independencia y los fueros quedaron sometidos al poder real. Se cerraba así una etapa en la que el rey gobernaba con el reino, no por encima de él.
Durante siglos el recuerdo de Lanuza siguió vivo. Su historia fue rescatada sobre todo en el siglo XIX, cuando los aragoneses lo vieron como ejemplo de quien defiende la justicia frente al abuso. En 1904, Zaragoza plantó una estatua frente al Teatro Principal, y cada 20 de diciembre se recuerda su ejecución con actos públicos. Pero más allá de esto, su figura invita a reflexionar sobre lo fácil que es perder las libertades y lo necesario que es proteger las instituciones que las garantizan.
Esta historia no pertenece solo al pasado. Hoy seguimos hablando de autonomías, competencias e identidades. La tensión entre unidad y diversidad, entre ley y autoridad, sigue vigente. También permanece la lección sobre el valor del derecho frente a la arbitrariedad: cuando se rompen los pactos que sostienen a una comunidad, se rompe también su cohesión.
El gesto de Lanuza, como el de tantos que antepusieron la justicia a su propia seguridad, nos recuerda que la libertad no se sostiene sin esfuerzo ni sacrificio. Su decisión de enfrentarse al ejército real fue, más que una acción militar, un acto profundamente moral. En una época en la que todo se mide por resultados, su ejemplo nos habla del valor de los principios y de la dignidad, incluso en la derrota.
Hoy al contemplar su estatua, podemos imaginar a ese joven marchando hacia un destino inevitable, convencido de que rendirse no era solo perder una batalla, sino renunciar a aquello que daba sentido al reino: su libertad y sus leyes. Su historia demuestra que los derechos y las libertades solo perduran cuando hay quienes están dispuestos a defenderlos, incluso cuando todo parece perdido.
Quizá esa sea la lección más profunda que Aragón legó al resto de España, que la fuerza sin justicia acaba por caer... y que la justicia, aunque vencida, puede sobrevivir durante siglos en la memoria de un pueblo.
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