Opinión
Los socios imposibles

Alejandro Nolasco y Jorge Azcón, en 2024, en un pleno en las Cortes de Aragón. / LAURA TRIVES
Hay partidos que no saben vivir sin el drama. Se alimentan del conflicto, se recrean en el tira y afloja, disfrutan en el filo de la ruptura. Y, curiosamente, siempre son ellos los que dicen estar «cansados» o «hartos» del otro. En realidad, lo que les agota no es la política: es la posibilidad de no ser el centro de atención. Su identidad se construye en la bronca, en el gesto altivo, en el «sin mí no sois nadie» elevado a categoría de programa político. Y cuanto más ruido generan, más imprescindibles se creen, como si el valor político se midiera en decibelios.
Ahí están los de Junts, una formación que parece haber hecho del chantaje emocional su método de trabajo. Pedro Sánchez les ha dado todo lo que prometió —y quizá algo más—: los indultos, la amnistía, el catalán en el Congreso, gestos en Bruselas y una paciencia infinita. Pero Junts nunca está conforme. Amaga con romper, amenaza con votar en contra, pero al final no se va. Es la típica pareja que anuncia su ruptura cada fin de semana, pero el lunes vuelve a casa como si nada hubiera pasado. Y mientras tanto, el Gobierno se pasa los días midiendo cada palabra para no herir susceptibilidades, revisando cada frase como si viviera en un permanente campo de minas. No hay sosiego posible cuando la estabilidad depende de la última ocurrencia de Puigdemont.
En Aragón, el espejo se llama Vox. Alejandro Nolasco ha adoptado un papel casi idéntico al de Junts en Madrid: socio imprescindible y permanentemente indignado. Amenaza con no aprobar los presupuestos, denuncia afrentas, habla de «ruptura de relaciones», pero nunca termina de marcharse. La política autonómica se ha convertido en una comedia de enredos en la que Azcón intenta mantener la sonrisa mientras su socio de investidura marca territorio con aspavientos y discursos de ultimátum. La tensión se ha vuelto rutina, y la rutina, dependencia.
Junts y Vox en Aragón, tan distintos en ideología, comparten una sorprendente afinidad en las formas: ambos quieren mandar sin gobernar y condicionar sin responsabilizarse. Practican la política del «sí, pero no»: la suficiente ambigüedad para no quemarse, y el suficiente ruido para que todos hablen de ellos. El resultado es el mismo: gobiernos atenazados por la incertidumbre, dependientes del humor del día de sus aliados.
Quizá la política española se ha acostumbrado a convivir con estos socios imprevisibles, esos compañeros de viaje que siempre tienen una maleta medio hecha y una amenaza en la punta de la lengua. Pero gobernar así es como conducir con el freno de mano puesto: se avanza, sí, pero con un chirrido constante. En estos tiempos, más que grandes mayorías, lo que haría falta es algo mucho más escaso: fiabilidad.
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