Opinión
El tesoro de Kasán
Cuando era niña lo último que había en Zaragoza, una vez pasabas el Puente de Santiago, era el Club Deportivo Helios y Kasán. Luego, el silencio
Cuando yo era niña lo último que había en Zaragoza, una vez pasabas el Puente de Santiago, eran el Club Deportivo Helios y Kasán. Luego el silencio de los campos. Leía el otro día que de Kasán nadie quiere irse y por eso es un lugar al que muy pocos pueden entrar, porque las viviendas no salen al mercado inmobiliario y pasan de padres a hijos. Me sorprendió, porque su estructura no es afable y hasta que se comenzó a diseñar el barrio del Actur, era una mole diciendo hola y adiós a la ciudad, como una colmena que recibe las primeras ráfagas del cierzo y despide a los últimos rayos del sol. Pero algo tiene que tener Kasán y supongo que ese algo pasa por su idiosincrasia, la que tuvo cuando fue construido y que sus vecinos han sabido mantener a lo largo de los años, aunque ahora ya no sean ni los últimos ni los primeros.
Kasán, en sus inicios, era como una ciudad a las afueras de otra ciudad, Zaragoza, a la que le costaba cruzar el Ebro; por eso siempre se decía que Zaragoza acababa en el Ebro y que lo que había más allá del río era otra historia que a Zaragoza no le importaba. A mí Kasán, en aquellos años, me sugería curiosidad y me daba miedo al mismo tiempo: me producía esos sentimientos porque los imaginaba viviendo allí, solos entre la niebla, azotados por el cierzo y el sol insolente de agosto, y en esa soledad buscando complicidades para paliar el desafío de una ciudad que les daba la espalda. Supongo que esa es la magia de un gran edificio con locales que tenían cierto aire fantasmagórico y una plaza cerrada de cemento en la que nunca había niños. Al menos yo no los vi.
Pero la vida se vive dentro y esa debe ser la magia de Kasán, y eso es lo que ha hecho que a día de hoy nade quiera irse y muy pocos puedan entrar, porque entre ellos han tejido las horas de muchas vidas que solo ellos conocen, de secretos que eran dolores y hoy son simples recuerdos. Porque la vida ha ido cerrando heridas y besando cicatrices, de ausencias que siguen estando en el tercero de uno de sus once portales, de miradas curiosas y vestidos que susurraban tendidos y vacíos de cuerpo, de niños que no sabían cómo besar ni a quién, de niñas que solo querían volar y no estrellarse, de padres que buscaban entender y de madres que sabían perdonar. Supongo que ahí tiene Kasán su gran tesoro, en todas la vidas que ha protegido y ha unido cuando la ciudad no escuchaba ni su latido ni su dolor.
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