Opinión
Territorios que se narran desde dentro: habitar la cultura como derecho
La acción cultural en el medio rural no debería ser una heroicidad, pero lo es. No por falta de talento, ni de ganas, ni de ideas. Lo es porque seguimos pensando que la cultura en los pueblos es un complemento, una actividad de fin de semana o algo que se programa cuando sobra presupuesto. No basta con llevar eventos: hay que comprender el territorio, sus ritmos, sus relaciones, sus anhelos y sus miedos. Implica poner a las personas en el centro, reconociendo que la cultura es un derecho que construye comunidad y dignifica la vida.
En Aragón, la despoblación, el envejecimiento y la concentración de servicios en las capitales han generado una brecha que no se tapa con festivales. La cultura no puede seguir siendo una caja que se abre desde lo urbano para que lo rural mire dentro. Tiene que ser una herramienta de transformación, de cohesión y de dignificación. Y para eso, hay que empezar por escuchar.
Escuchar a quienes viven allí, a quienes gestionan bienes comunes desde hace generaciones, a quienes saben que la cultura no solo se mide en likes ni en entradas vendidas. Escuchar a los jóvenes, a los migrantes, a los nuevos residentes que llegan con mochilas llenas de saberes y que muchas veces se encuentran con las puertas cerradas. Escuchar a las mujeres, que sostienen la vida y la cultura. Por eso, uno de los grandes retos es preservar las prácticas comunitarias y defender los bienes comunes ya que estas formas de organización permiten el acceso igualitario a recursos compartidos, y la cultura lo es.
Pero también urge dejar de confundir profesionalización con elitismo. En lo rural hay agentes culturales que trabajan con rigor, con pasión y con precariedad. Y sí, merecen cobrar. Porque la cultura no se paga con aplausos ni con bocadillos. La cultura necesita recursos, humanos y materiales, y sobre todo necesita voluntad política. Y claro, eso exige que quienes mandan entiendan que la cultura no es turismo ni marca de ciudad (o de pueblo).
Y hablando de turismo: sí, el turismo puede ser una oportunidad, pero no a cualquier precio. Cuando los pueblos se convierten en escaparates, cuando los precios de las viviendas se disparan y las terrazas ocupan más espacio que las plazas públicas, algo falla. La cultura no puede ser el envoltorio de un modelo extractivista que vacía lo rural mientras lo vende como experiencia.
La acción cultural en el medio rural exige tiempo, escucha, respeto y complicidad. Construir desde quienes habitan el territorio es clave para imaginar futuros mejores. Agitar conciencias, construir relatos y movilizarse en defensa de nuestros entornos es urgente. No se puede hacer desde arriba ni desde fuera. Se hace desde dentro, con las personas, con sus ritmos, con sus historias. Y sí, cuesta. Pero lo que cuesta, vale. Porque la cultura no es un lujo, ni un adorno, ni una ocurrencia. Es un derecho. Y en lo rural, también.
Las áreas no urbanas ofrecen enormes desafíos, pero los agentes culturales, sociales y políticos tenemos la obligación de soñar con horizontes construidos de manera comunitaria y participativa con su población, donde la cultura se convierta en una palanca necesaria para activar procesos que mejoren el bienestar de las personas sobre la base de la defensa, la protección y el fomento de sus derechos culturales. No queda otra si lo que queremos es luchar por la equidad social y por la igualdad de oportunidades, se resida donde se resida.
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