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Opinión | editorial

Diez años de Bataclan

Los múltiples ataques terroristas del 13 de noviembre de 2015, que acabaron con la vida de 130 personas en París, marcaron un hito en la percepción del terrorismo yihadista. No era la primera vez que Francia sufría una violencia que invoca el islam, pero el asesinato de 90 personas en la discoteca Bataclan marcó un antes y un después en la lucha contra el terror. Pocos meses antes, Charlie Hebdo había sido objeto de otra masacre que pretendía cercenar la libertad de expresión. En los atentados, de los que hoy se cumplen diez años, apuntaron a otra libertad: la de vivir en paz, ir a un concierto, asistir a un partido de fútbol, o quedar con amigos en una cafetería. En ambos casos pretendían acabar con nuestras libertades. No lo han conseguido. Ni lo consiguieron con los atentados cometidos en Francia, España, el Reino Unido, o con el devastador ataque del 11 de septiembre de 2001, en Estados Unidos. Es cierto que han condicionado algunos aspectos de nuestras vidas, entre otros nuestra manera de viajar y que han facilitado procesos de radicalización que tienen causas múltiples, pero la libertad, al menos por el momento, ha ganado la batalla. Esta es la primera observación que conviene hacer, a los diez años del terror que vivió el Bataclan.

La segunda es que la lucha contra el terror, a pesar de sus errores y de las violaciones de derechos que a veces ha entrañado, ha conseguido contener la amenaza. La batalla está lejos de haberse ganado, pero la evolución del terrorismo yihadista revela que este ha perdido la capacidad de actuar desde santuarios inaccesibles, como sucedió hace diez años. El califato del Estado Islámico de Siria e Irak, desde el que se monitoreó la matanza de París, ya no existe. Incluso algunas de las organizaciones implicadas han desaparecido. Sin embargo, sería ingenuo pensar que los terroristas yihadistas no cuentan con otras guaridas y que Al Qaeda o el ISIS carecen de la capacidad de mutar en otros siniestros acrónimos. Es más, sabemos que el Sahel es hoy el lugar donde aspiran a pertrecharse para volver a atacar. En Europa o en países africanos. En lo que va de año, Nigeria ha sufrido atentados que han acabado con la vida de alrededor de 8.000 personas, tanto musulmanas como cristianas. En consecuencia, la acción coordinada de las agencias de inteligencia y los servicios de seguridad continúa siendo trascendental para contener la amenaza.

La lucha contra el terror de matriz islamista tiene una tercera derivada que provoca intensos debates. Además de destrozar vidas e ilusiones, los terroristas aspiran a provocar una radicalización social, política y cultural en la que se mueven como pez en el agua. Cuanta más tensión conozcan nuestras sociedades, y cuantas más injusticias se cometan en los países de origen de muchos de ellos, más razones tendrán, o creerán tener, para desplegar el terror. Las últimas dos décadas han demostrado que, al terrorismo, se le derrota con enérgicas medidas de vigilancia y seguridad, pero también quitándole el oxígeno que necesita para lanzar sus proclamas fundamentalistas. Evitando caer en el mundo al que aspiran los yihadistas y los extremistas de cualquier cuño. Un mundo distópico, con libertades y derechos recortados, mientras ellos prepararan atentados aún más mortíferos que los que hemos sufrido.

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