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Opinión | TEJIENDO PALABRAS

Educación social y humanización

En los foros de reflexión y debate sobre nuestra sociedad se suele tener la convicción de que la educación es de una gran importancia para el desarrollo integral de la persona. Sin embargo, en nuestras realidades cotidianas se observa que los efectos de la educación no se perciben con claridad. Pareciera como si el esfuerzo de la sociedad en su conjunto no estuviera teniendo el impacto educativo que se desea. Solemos caer en la trampa de sobredimensionar la mala educación de la gente, y no realzamos las cosas buenas de la mayoría de las personas. Con esto no quiero decir que dejemos de percibir o eliminemos de nuestra conciencia las carencias educativas que existen. Es una realidad evidente que nuestra sociedad tiene necesidades educativas, algunas de ellas son urgentes, y deben ser objeto de atención por todos.

En los procesos humanos, la educación y la cultura son los dos ejes transversales que van determinando el desarrollo: la realidad cultural como proceso evolutivo que nos va determinando en lo individual y en lo colectivo; y la realidad educativa como proceso de humanización. Así, la cultura y la educación se van retroalimentando de tal manera que ambas se configuran recíprocamente una con la otra. La educación no puede prescindir de la cultura, y la cultura no puede prescindir de la educación. Por ello, cuando hablamos de educación social, esta no puede actuar al margen de la cultura en la que estamos inmersos. Por otra parte, cuando se expresa el término «educación» la mayoría de las personas tienden a pensar exclusivamente en acciones educadoras de tipo académico y escolar. Sin embargo, la educación no es algo que pueda reducirse solo a esto, sino que su acción se ejerce en un universo que abarca todo tipo de relaciones humanas. Todos educamos o deseducamos, de manera intencional o sin ella; al igual que también somos educados o deseducados por los demás.

En los ámbitos donde se trabaja la educación social de manera intencional, con el objetivo de animar, impulsar y vivir armónicamente nuestras relaciones familiares y sociales, los procesos educativos contribuyen a la mejora personal y social. Las grandes carencias y problemáticas sociales que se producen en nuestros entornos cotidianos: la familia, el trabajo, el ocio, y cualquier otro espacio de vulnerabilidad, necesitan que la sociedad se implique. Aquí es donde la profesión de educador social cumple una función extraordinaria. En Aragón, hace 25 años que se implantaron lo estudios universitarios de Educación Social, gracias a la UNED. En todo este tiempo, el impacto que está teniendo esta profesión es de un valor incalculable. Tenemos que ser conscientes de que los educadores sociales trabajan procesos educativos en muy diversas entidades, principalmente en aquellos entornos más vulnerables. Por eso, hoy deseo realzar la figura humana de estos trabajadores, cuya función educadora está arraigada en una vocación personal y profesional que hace posible la humanización de nuestra sociedad. Con su trabajo logran la madurez social, promueven relaciones humanas armónicas y preparan a la persona para vivir en comunidad, sabiendo que cualquier acto educativo que realizan es un acto de amor.

Hoy más que nunca se necesita reconstruir vínculos humanos en una sociedad fragmentada, considerar la dignidad de la persona como algo sagrado, en definitiva, humanizar el mundo. Los profesionales de la educación social humanizan nuestra sociedad desde la convicción personal de que, para conseguirlo, ellos mismos se exigen como personas. Conozco a muchos educadores sociales que curan a otras personas con su trabajo, igual que hace el médico, el sacerdote o el psicólogo. El fundamento no solo está en sus conocimientos técnicos, sino también en su humanidad, en un corazón que es compasivo, capaz de comprender y acompañar sin juzgar. Un corazón paciente que no desespera ante los errores ajenos. Un corazón apasionado que contagia entusiasmo por la vida. Un corazón justo, equitativo, sin favoritismos, que da a cada uno lo que necesita. Un corazón humilde que no mira a los demás por encima del hombro, que vive en la autenticidad del ser persona. Un corazón esperanzado que sabe sembrar optimismo y esperanza humana. Un corazón amoroso que adquiere el compromiso de querer de verdad a los demás, buscando siempre su crecimiento y mejora humana.

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