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Opinión | salida de emergencia

En la ciudad de los rascacielos

Nueva York ha despertado y hoy el alcalde de la capital de EEUU es musulmán, socialdemócrata e hijo de un hombre nacido en Uganda

Diez años de Bataclán y es difícil olvidar las imágenes. El terror, el miedo, el sinsentido. París recuerda y el mundo recuerda, quizá solo una parte del mundo, otra anda ocupada en salvar su vida y la de sus hijos y una tercera empeñada en destrozar la vida de todos. Nada es casual, sí imprevisible, pero no casual. Casual es el azar que nos predispone a ser juguetes del destino, no lo que sucedió en Bataclán, ni lo que sucede en Sudán, ni en Ucrania, ni en Gaza, ni en tantos otros lugares del mundo donde las decisiones de hombres mayores que se conocen y odian desatan todo tipo de iras que sufren personas anónimas, padres y madres de familia, abuelos orgullosos y niños y niñas que solo querían vestir la vida con una túnica de seda.

Hoy todo está marcado y no se puede ser feo, ni gordo, tampoco mujer deliciosamente racial, ni hombre temeroso de otros hombres, hoy hay que ser líder y liderar con entusiasmo las miserias que consumimos a diario con envoltorios ricos en endorfinas para aliviar nuestro dolor y procurarnos una dulce sensación de bienestar que dura lo que dura y tiene su fecha de caducidad.

La ciudad de Nueva York ha despertado, no sabemos muy bien todavía a qué, pero lo que hace dos años asomaba ha llegado como un tsunami y hoy el alcalde de la ciudad de los rascacielos es hijo de un hombre nacido en Uganda, país en el que también nació Zorhan Mamdani, y de madre india. Es un hombre musulmán, socialdemócrata, aunque otros lo tachen de comunista para así afear sus creencias y sus palabras, y que ha demostrado escuchar y creer en las personas, no pisotearlas, ni tratarlas como meros rebaños que corean eslóganes que ni siquiera saben lo que significan.

Los que lo atacan lo hacen principalmente porque lo temen y porque saben que su poder reside en su persona y en su forma de entender la vida y a los seres humanos, ya que como hijo de un sabio antropólogo sabe que solo en el estudio y el respeto hacia los pueblos antiguos y modernos seremos capaces de armonizar una sociedad que tiene miedo, porque todo es endiabladamente oscuro y ferozmente caro, mientras la soledad nos va cegando con el cansancio que provoca existir cuando no se vislumbra futuro alguno.

Puede ser un espejismo, quién sabe, pero Mamdani despierta esperanza y parece un refugio confortable en medio de un océano ávido de cadáveres.

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