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Opinión

Los partidos se ganan en el centro

«Los partidos se ganan en el centro del campo». Esa frase de Vicente del Bosque encierra toda una filosofía: dominar la zona central del terreno de juego es esencial para controlar el ritmo del partido, generar oportunidades y defender con equilibrio. Con esa idea, España conquistó dos Eurocopas y un Mundial.

En política ocurre algo parecido. El centro ha sido, históricamente, el espacio donde se han gestado los grandes consensos que dieron forma al estado del bienestar moderno. Partidos como la CDU alemana, la democracia cristiana italiana o los liberales demócratas británicos sentaron, a partir de los años cincuenta, las bases de una economía social de mercado, la sanidad pública y los sistemas de pensiones. De ese equilibrio entre libertad económica y justicia social surgió una amplia clase media, se redujo la pobreza y se consolidaron las democracias occidentales. Ese mismo centro político, liberal y democristiano, fue el gran impulsor del proyecto europeo. Con sus aciertos y sus errores, la Unión Europea ha dado lugar al mayor periodo de estabilidad, prosperidad y cooperación institucional de la historia del continente.

En España, el centro también ha sido decisivo. La UCD lideró la Transición a la democracia, un proceso que todavía hoy se estudia internacionalmente como modelo de reconciliación. Después, el PSOE de Felipe González, desde el centro izquierda, y el PP de José María Aznar y Mariano Rajoy, desde el centro derecha, consolidaron nuestro papel como una potencia europea, modernizando infraestructuras, fortaleciendo la economía y ampliando derechos sociales. Pero, si el centro ha sido el motor del progreso, ¿por qué cada vez más ciudadanos miran hacia los extremos?

Los errores acumulados de los partidos tradicionales, unidos a la actual impaciencia social por encontrar soluciones inmediatas a problemas complejos, han favorecido el auge de los populismos y los discursos simplistas. En ese contexto, algunas formaciones centristas sienten la tentación de abandonar su espacio natural para coquetear con propuestas más radicales. Sin embargo, cuando el centro se mueve, pierde su esencia y su capacidad de atraer a quienes buscan soluciones razonables y duraderas. Se rompe así el flujo de votantes entre centro izquierda y centro derecha que, históricamente, ha garantizado la estabilidad política.

Por eso es vital que los partidos de centro resistan la tentación de ofrecer respuestas fáciles a problemas difíciles. Desafíos como la inmigración, la vivienda o el mercado laboral no se resolverán con medidas cortoplacistas ni con gestos de campaña. Requieren proyectos a largo plazo, pactos de Estado y una visión compartida de país. Y esos acuerdos sólo pueden fraguarse en el centro.

Del mismo modo que en el fútbol, si el centro del campo se pierde, el equipo se parte. En política, cuando el centro desaparece, lo que queda son los extremos, empujando cada jugada hacia un lado distinto y rompiendo cualquier posibilidad de avance sostenido. «Los partidos se ganan en el centro».

Reforcemos el centro, recuperemos el espíritu del acuerdo y construyamos soluciones de futuro antes de que los extremos nos condenen a un partido de ida y vuelta que cambie cada cuatro años las reglas del juego y nos haga perder el tren del progreso que tanto costó alcanzar en España y en Europa.

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