Opinión | EL ÁNGULO
Y 50 años después, el odio
Sorprendentemente, jóvenes criados con escasas restricciones morales se echan en brazos de señores que infunden el odio sobre lo que les molesta
Tenía seis años cuando murió Franco, y evitaba la imagen en televisión del féretro abierto porque me producía terror. Un miedo infantil como si estuviera viendo tapada con una manta la película El exorcista, sin ningún conocimiento de qué era el franquismo, ni la represión, ni nada que no fuera el colegio y mis primas. Fueron años de silencio y precaución, de eso que ahora llamamos incertidumbre, de crisis económica y reconversión, de eso tengo mucho más recuerdo. Con una inflación por encima del 28% en 1977, esto lo sé ahora, entonces se materializaba en un pantalón de invierno y uno de verano cada año, en el mismo queso de bola y el único jamón permitido.
No vi miedo en los posts franquistas cuando el uso de la razón me permitió apreciar esas cosas, sí la decepción en alguna de las religiosas de mi colegio que después del intento fracasado a la vuelta de una dictadura militar en el 23 F, nos recibió en clase con un «recordad siempre que estos hombres han sido unos valientes por España y por vosotras». Desde mis doce años sentí cero identificación con ese señor de bigote pistola en alto, no creo que él estuviera preocupado por el futuro de ninguna de nosotras.
El único miedo profundo que se sintió en este país desde entonces hasta 2018 fue ETA, y en nuestros peores momentos, reaccionamos con una templanza extraordinaria, usando las calles, las manos blancas, los discursos para mostrar nuestra indignación, y sin una reacción violenta que, en el fondo, pensábamos que podría detonar en cualquier momento.
Así que nadie me cuente que antes se vivía mejor, que existía una arcadia feliz en 1980, porque estaba llena de tergal, escay, colecciones de libros de entidades bancarias para el común de los mortales, una televisión y un puñado de cintas de radiocasete. Eso sí, un sentimiento de que todo podía ir a mejor, una percepción de comunidad que superaba con mucha generosidad a vencedores y vencidos, y una convivencia tensionada por cada avance en derechos civiles y sociales que nos trajo hasta aquí.
Ahora algo se ha roto, se empezó a resquebrajar con la crisis de 2008 y el intento colectivo, movilizador de otro mundo es posible nos llevó a cero, y en ese nihilismo desesperanzador surgió la visión ultra de la política y de la economía, la mano dura y el mercado para los amigos. Y sorprendentemente, una generación que hace cola ante un nuevo Starbucks abierto, jóvenes criados con escasas restricciones morales, se echan en brazos de señores que infunden el odio sobre lo que les molesta, que imparten marcos rígidos de conducta. La indignación no nos trajo hasta aquí, la frivolidad cultivada en años de individualismo neoliberal, sí.
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