Opinión | CON SENTIDO/SIN SENTIDO
Réquiem por el lector
El otro día saqué a pasear Le monde diplomatique y la gente me miraba como a un marciano. Seguro que algunos de esos terrícolas epatados estaban tecleando una novela... La democratización del laptop ha convertido a los aprendices de escritor en una plaga: «Escribir se ha convertido en una prolongación del impulso narcisista de la época, la versión literaria del selfie», lapida Ángel L. Fernández en el último número de Jot Down. Qué más da; por un lado, la gente cada vez lee menos fuera de las bagatelas fáticas de las redes sociales, por otro, ya hay más escribidores que lectores concienzudos de ficción.
El libro es hogaño un objeto de regalo o un bibelot de estantería (lo pregonaba Lola Flores y lo refrenda ahora alguna desprejuiciada influencer). Y no me extraña, porque ante tal avalancha de títulos nadie tiene tiempo para leerlos… La industria editorial contribuye a esta imparable bulimia: bajo el palio del Santander se acaban de unir Lantia Publishing (tecnología y servicios editoriales) y Círculo Rojo, reina de publicación bajo demanda.
Se constituye así un mastodonte depredador -supera a los colosos Random House y Planeta juntos- que huele negocio, pues la mayor parte de los libros más vendidos son autoeditados y no sabemos cuántos los ha gestado la inteligencia artificial; más madera para el gran incendio de ruido digital que prendió Amazon y que van a extender sin límite los chats generativos dándole matarile al mito del autor romántico: qué más da si el libro ha quedado jibarizado como mero exhibicionismo o regalo navideño....
«La democratización de la publicación no ha traído una explosión de pensamiento, sino una inflación de ego (…) La sociedad narcisista no quiere leer porque leer es renunciar al yo ególatra. La lectura exige lentitud, atención, alteridad: tres virtudes incompatibles con el ritmo y la lógica del presente. Escribir, en cambio, se ha vuelto un acto de autopreservación. Uno no escribe para decir algo, sino para exhibirse» (Fernández dixit). El problema no es, como lamenta el escritor (digno de tal nombre) Martín Caparrós, que sigamos escribiendo como hace 200 años (ojalá hubiera más Flauberts o Galdós), el verdadero drama (bufo) es por qué se publica tanta farfulla.
Y termino con el inquietante, lúcido diagnóstico del citado Ángel L. Fernández: «El ruido ha ocupado el lugar del pensamiento con una eficacia envidiable. La calidad, esa antigualla elitista, ha sido felizmente sustituida por la cantidad». Leed, leed, benditos.
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